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 Hacia los 100 años del Sacerdocio del Padre Pío (nuevo)

 “Necesitamos sólo una cosa”

 Benedicto XVI presenta al Padre Pío

   
   

Hacia los 100 años del Sacerdocio del Padre Pío
por Francesco D. Colacelli

El año Sacerdotal que el Papa Benedecto XVI ha convocado con una carta del 16 de junio pasado, dirigida a todos los presbíteros para “contribuir a promover el compromiso de renovación interior de todos los sacerdotes, para que su testimonio evangélico en el mundo de hoy sea más intenso e incisivo”, se entreteje una vez más con el ministerio del Padre Pío.
La primera ocasión de unión ha sido la visita pastoral del Santo Padre a San Giovanni Rotondo, que se produjo sólo dos días después del inicio de este especial periodo de reflexión, dando al Pontífice la ocasión de evidenciar como “para el Santo Fraile del Gargano, la curación de las almas y la conversión de los pecadores fueron un anhelo que lo consumió hasta la muerte”. Por esto pasaba “muchas horas en el confesonario” y por la misma razón “muchas personas han cambiado sus vidas gracias al paciente ministerio sacerdotal”.

 La segunda ocasión coincidirá, por un semestre de 2010, durante el cual, nosotros, frailes capuchinos, conmemoraremos el centenario de la ordenación sacerdotal de san Pío de Pietrelcina con una serie de iniciativas, que están en fase de programación o de organización.

También Tele Radio Padre Pio, desde el inicio del año, dedicará un espacio específico al centenario transmitiendo, el día 10 de cada mes, la Celebración Eucarística vespertina en directo desde Pietrelcina.

También en la tierra natal del Padre Pío tendrán lugar dos solemnes celebraciones: la primera en Benevento el 10 de agosto, día de la ordenación sacerdotal del Santo, que tuvo lugar el 10 de agosto del 1910 en la capilla de los Canónigos de la Catedral con la imposición de las manos de mons. Schinosi, arzobispo titular de Marcianopoli y auxiliar de la diócesis sannita;

El segundo en Pietrelcina el 14 de agosto, que fue el día de la primera misa del Padre Pío, celebrada en la Iglesia Parroquial, dedicada a Santa Maria de los Ángeles, en el día de la vigilia de la fiesta de la Asunción de Maria al cielo en cuerpo y alma.

También en Pietrelcina, durante el mes de septiembre, se tendrá un importante congreso sobre su misión, se partirá de la experiencia del Padre Pío, pero mirando las situaciones y los problemas que caracterizan el contexto contemporáneo.

Un año después de su ordenación, el Santo sentía todavía “el gozo de aquel sagrado día” que le hacía “saborear el Paraíso”. Volver a descubrir la felicidad interior de sentirse parte de un proyecto de amor, de haber sido llamado para convertirse en la imagen de Cristo para los hermanos, de ser vehículo de la Gracia de Dios para la salvación eterna de aquellos que el Señor pone en nuestro camino, puede sólo realizarse con una condición: tener absoluta conciencia de la inconmensurable potencia espiritual que Jesús ha puesto en las manos indignas de los ministros que ha elegido y administrarla con el conocimiento que no nos pertenece y la gran responsabilidad que ello conlleva. Para la santificación de los demás y para la propia. A esto, nos esperamos, podrá servir el Año Sacerdotal en curso y el recorrido sucesivo que viviremos mirando el ministerio del Padre Pío.

Deseando a todos un santo Año Nuevo, lleno de alegría y también de abundantes dones espirituales, me permitan dirigirme particularmente a mis cofrades en el sacerdocio. Para mí y para ellos, confiando en la divina misericordia, oso esperar un continuo renacimiento de Jesús en nuestros corazones.

La Voz del Padre Pío (Año XXXIX - n. 1 - ENERO FEBRERO 2010)

   
 
“Necesitamos sólo una cosa”
por Francesco D. Colacelli

Hay quien se ha preocupado por la exhumación. No se hacía a la idea de entrar en la cripta y encontrar una situación diferente de la que había visto durante cuarenta años, y no ver el bloque de granito azul del labrador sobre el cual han apoyado la mano, entre otros, la beata Madre Teresa de Calcuta y el Siervo de Dios Papa Juan Pablo II. Y de nada servía explicar a los “nostálgicos” que es lo que sucede con todos los santos.

Hay quien se ha preocupado de la ostensión. A alguien, con un conocimiento no profundo de la espiritualidad del Padre Pío, le parecía una violación del comportamiento de humildad con el cual el santo Hermano ha vivido toda su existencia. Y no era suficiente explicar que, si es verdad que el Padre Pío nunca quería exhibirse y escondía los dones sobrenaturales recibidos del Señor, no titubeaba cuando confirmaba las propias experiencias místicas e incluso enseñaba sus estigmas, por las cuales sentía “vergüenza”, incluso a las personas a las cuales no tenía confianza, cuando examinando los corazones le indicaban que aquel impacto habría sacudido la conciencia o despertado la fe.

Alguno ha expresado su opinión quedita. Otros han tenido oculta la propia perplejidad bajo la disponibilidad a aceptar, con respetuosa y filial obediencia, lo que había decidido la Iglesia. No ha faltado quien ha preferido manifestar el propio disentimiento delante de faros y telecámaras, para conquistarse un poco de notoriedad o para ajardinar una popularidad un poco oscurecida. Han sido ocho millones y medio de personas que han compartido la decisión de los Frailes, del Arzobispo y de la Santa Sede, aprovechando de estos diecisiete meses de ostensión para vivir la emoción del encuentro sensible con san Pío de Pietrelcina, esperando obtener un beneficio para el propio crecimiento espiritual o simplemente curiosidad, que a veces se vuelve un vehícolo para la acción de la gracia santificante.

También ahora, después del cierre de la urna en un sarcófago y el retiro del cuerpo del Padre Pío a las miradas de los fieles y de los peregrinos, ha habido alguna voz de disentimiento. Ya se había vuelto familiar ese rostro durmiente que reproducía perfectamente las facciones del Santo después de su muerte. Se había vuelto un punto de referencia de tantas oraciones, de tantas lágrimas, de tantas esperanzas el cuerpo mortal de aquel hombre que, en vida, ha evangelizado también a través de su cuerpo, que se ha vuelto imagen especular de la muerte y de la resurrección de Cristo. También la nueva situación, en menos de un año y medio, ha sido capaz de crear familiaridad, nostalgia, y de esta forma una pregunta, siempre la misma, repetida y escuchada miles de veces: ¿Porqué volver a taparlo? Ha pensado nuestro Ministro Provincial a dar la respuesta exactamente en la primera fase de la larga y conmovente ceremonia de clausura.

Finalmente hay quien se está preocupando, con sorprendente tempestividad, del futuro y todavía no anunciado traslado desde la cripta actual a la que está en la iglesia dedicada a san Pío de Pietrelcina, bendecida el veintiuno de junio pasado por el Santo Padre al final de su visita pastoral a San Giovanni Rotondo.

Tanta participación, emotiva y pasional, demuestra que el Padre Pío no viene advertido sólo por los devotos del santo, como un potente intercesor, sino que viene considerado como un amigo, uno de familia. Pero, también en este caso, no hay que pararse sólo en la superficie.

Qué bonito hubiera sido si la atención que se ha concentrado sobre la modalidad de la sepultura del Padre Pío fuese por lo menos igualada, en los medios de información y sobre todo en los corazones, a la atención de la espiritualidad y a las enseñanzas del Santo, quizás recordando lo que Jesús dijo refiriéndose a las hermanas de Lázaro: “Marta, Marta, tú te afliges y te agitas por muchas cosas, pero sólo necesitamos una cosa. María ha elegido la parte mejor, que no le será quitada”.

La Voz del Padre Pío (Año XXXVIII - n. 6 - NOVIEMBRE/DICIEMBRE 2009)
   
 

Benedicto XVI presenta al Padre Pío

Algunos santos han vivido intensa y personalmente la experiencia de la vida de Jesús. El padre Pío de Pietrelcina es uno de ellos. Un hombre sencillo, de orígenes humildes, "conquistado por Cristo" (Flp. 3,12), para hacerse un instrumento elegido por el poder perenne de su Cruz: poder de amor por las almas, de perdón y reconciliación, de paternidad espiritual, de solidaridad concreta con los que sufren.

Los estigmas, que le marcaron en el cuerpo, le unieron íntimamente con el Crucificado-Resucitado. Auténtico seguidor de san Francisco de Asís, hizo propia, como el Pobrecillo, la experiencia del apóstol Pablo: "con Cristo estoy crucificado; y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí" (Gal. 2, 19-20). Esto no significa alienación, pérdida de la personalidad: Dios no anula nunca lo humano, sino que lo transforma con su Espíritu y lo orienta al servicio de su designio de salvación. El padre Pío conservó sus propios dones naturales, y también su propio temperamento, pero ofreció todo a Dios, quien de este modo pudo servirse de ellos libremente para prolongar la obra de Cristo: anunciar el Evangelio, perdonar los pecados y curar a los enfermos en el cuerpo y en el espíritu.

Como les sucedió a Jesús, la verdadera lucha, el padre Pío no tuvo que librar el combate radical contra enemigos terrenales, sino contra el espíritu del mal (Cf. Ef. 6,12). Las "tempestades" más grandes que le amenazaban eran los asaltos del diablo, de los cuales se defendió con la "armadura de Dios", con "el escudo de la fe" y "la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios" (Ef. 6,11.16.17). Permaneciendo unido a Jesús, siempre tuvo en cuenta la profundidad del drama humano, y por eso se ofreció y ofreció sus tantos sufrimientos, y supo gastarse en el cuidado y alivio de los enfermos, signo privilegiado de la misericordia de Dios, de su reino que viene, es más, que ya está en el mundo, de la victoria del amor y de la vida sobre el pecado y la muerte. Guiar a las almas y aliviar el sufrimiento: así se puede resumir la misión de san Pío de Pietrelcina, como dijo el siervo de Dios, el Papa Pablo VI: "Era un hombre de oración y de sufrimiento" (A los padres Capitulares Capuchinos, 20 de febrero de 1971).

En una de sus cartas escribe: "Parece que el único tratamiento de Jesús para las manos es el de santificar su alma" (Epi. II, p. 155). Era siempre su primera preocupación, su ansia sacerdotal y paterna: que las personas regresaran a Dios, que pudieran experimentar su misericordia y, una vez renovados interiormente, redescubrir la belleza y la alegría de ser cristianos, de vivir en comunión con Jesús, de pertenecer a su Iglesia y practicar el Evangelio. El padre Pío atraía al camino de la santidad con su mismo testimonio, indicando con el ejemplo el "binomio" que nos conduce a ella: la oración y la caridad.

Ante todo la oración. Como todos los grandes hombres de Dios, el padre Pío se convirtió él mismo en oración, con el alma y con el cuerpo. Sus jornadas eran un rosario vivido, es decir, una continua meditación y asimilación de los misterios de Cristo en unión espiritual con la Virgen María. Se explica así la singular presencia en él de dones sobrenaturales y de sentido práctico humano. Y todo tenía su culmen en la celebración de la santa misa: en ella, él se unía plenamente al Señor muerto y resucitado. De la oración, como de una fuente siempre viva, brotaba la caridad. El amor que él llevaba en el corazón y transmitía a los demás estaba lleno de ternura, siempre atento a las situaciones reales de las personas y de las familias. Especialmente hacia los enfermos y dolientes, sustentaba la predilección del Corazón de Cristo, y precisamente de ella tuvo origen y forma el proyecto de una gran obra dedicada al "alivio del sufrimiento". No se puede entender ni interpretar adecuadamente esta institución si se la separa de su fuente inspiradora, que es la caridad evangélica, animada a su vez por la oración.

Todo esto, queridos hermanos, el padre Pío lo presenta hoy a nuestra atención. Los riesgos del activismo y la secularización están siempre presentes; por ello mi visita tiene también el objetivo de confirmaros en la fidelidad a la misión heredada de nuestro queridísimo padre. Muchos de ustedes, están tan absorbidos por miles de tareas que corren el riesgo de descuidar lo que es verdaderamente necesario: escuchar a Cristo para cumplir la voluntad de Dios. Cuando se den cuenta de que corren este riesgo, contemplen al padre Pío, su ejemplo, sus sufrimientos; e invoquen su intercesión, para que les alcance del Señor la luz y la fuerza que necesitáis para continuar con vuestra misión empapada de amor por Dios y de caridad fraterna. Y que desde el cielo él siga ejerciendo esa delicada paternidad espiritual que le distinguió durante su existencia terrena; que continúe acompañando a sus hermanos, a sus hijos espirituales y a toda la obra que él inició. Que, junto a san Francisco y a la Virgen, que tanto amó e hizo amar en este mundo, vele sobre ustedes y les proteja siempre.

Visita a San Giovanni Rotondo (Junio 21 de 2009)

   
 
 

 

 

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