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Santo
 

19 de septiembre
San Francisco María de Camporosso
(1804-1866)

Giovanni Croese (Francisco María) nace en Camporosso, lugarejo próximo a Ventimiglia, el 27 de diciembre de 1804.
El 14 de octubre de 1822 es terciario en los hermanos conventuales de Sestri Ponente.
Abandona Sestri en otoño de 1824, y es admitido como postulante en el convento capuchino de Voltri.
A finales de 1824 inicia su año de noviciado en el convento de San Bernabé, en Génova, como hermano laico, y recibe el hábito el 17 de diciembre.
Un año después profesa en la Orden Capuchina.
Es destinado de inmediato al convento de la Concepción, también en Génova, y cinco años después lo encontramos trabajando como limosnero ayudante por el valle de Bisagno.
Más tarde, en 1834, desempeña la cuestación en la ciudad.
Pasados siete años es nombrado responsable de todos los hermanos limosneros.
Sufre de varices y es sometido a una intervención quirúrgica, enfermedad que le acompañará periódicamente durante toda su vida.
El 15 de agosto de 1866 la ciudad de Génova es atacada por el cólera, y Francisco María se ofrece como víctima propiciatoria. Muere el 17 de septiembre, tras solo tres días de enfermedad.
Sus restos mortales fueron trasladados en 1911 a la iglesia del cementerio del convento de Staglieno.
Su causa de santidad fue introducida en Roma el 9 de agosto de 1896, y el 30 de junio de 1929 era proclamado Beato por el Papa Pío XI. Juan XXIII lo declara Santo el 9 de diciembre de 1962.
"La voluntad de Dios es siempre justa y santa, siempre amorosa y paternal para con nosotros. Vale más una hora de sufrimiento que cien años de gozo. Para estar en paz con el Señor, con nosotros mismos y con el mundo, se necesita del silencio, la mortificación y de la plegaria".
(San Francisco María de Camporosso)

EL "PADRE SANTO" DE GÉNOVA

Nació en Camporosso, el 27 de diciembre de 1804, una aldeuela de la costa liguria, vecina a Ventimiglia. Fue el cuarto de cinco hermanos. Sus padres, Anselmo Croese y Antonia Gazzo, eran campesinos. Giovanni, nuestra biografiado, tras pocos años de escuela, con un no excesivo entusiasmo de parte del pequeño, y con apenas siete años de edad, se pone al cuidado de una vaquita que garantizaba el sustento para su familia. Al paso del tiempo, ya más talludito, tomó parte en las faenas del campo dentro de las pequeñas parcelas de los Croese, que les suministraban aceite, vino y hortalizas.

Al interior de la familia se practicaba una honda devoción a la Virgen, Nuestra Señora, y a la Madre acudieron cuando Giovanni, con doce años, padeció una grave enfermedad, y fue llevado en peregrinación al santuario del Lago, próximo a Niza. El muchachito quedó profundamente golpeado por las tales circunstancias, y comenzó a frecuentar los conventos de franciscanos, poniéndose en contacto con un paisano suyo, fraile conventual, fray Giovanni, como él.

Se sintió de pronto llamado a la vida religiosa, maduró su vocación, y el 14 de octubre de 1822 fue admitido como terciario en el convento de Sestri Ponente con el nombre de fray Antonio. Pero la vida al interior del convento resultó serle casi más agitada que su propio ambiente familiar, cosa que no satisfizo a fray Antonio, deseoso de una pobreza más radical y un clima de meditación interior. Ello le lleva a vestir el hábito capuchino, pero antes tiene que huir de su convento, al serle negado el permiso para el cambio. Interviene en la fuga el capuchino padre Alejandro Canepa, conocido suyo.

Huyó de Sestri y fue acogido en el verano de 1824 en el concento de S. Francisco de Voltri con el nombre de fray Francisco María. Permanece aquí por espacio de tres años como postulante. Se distingue por un espíritu de caridad que lo llevará a "dar a los pobres su comida, contentándose él con las sobras que encontraba", según un testimonio. Pero tales gestos no eran nuevos en su vida. Acompañaba a su padre a Mentone, en busca de alguna actividad comercial, y en un momento dado regaló su traje nuevo a un compañerito, lo que le valió una bofetada de parte de su padre. El niño, como respuesta, le ofreció el otro carrillo, y el padre no pudo por menos de abrazarlo y llenarlo de cariños.

La experiencia de Voltri completaba en realidad la habida en Sestri, y así, a finales del año de 1825, fray Francisco María, previa autorización del entonces vicario provincial, Antonio de Cipressa, iniciaba el año de noviciado en el convento-eremitorio de Santa Bárbara, en Génova. El 17 de diciembre tomaba el hábito característico del año de prueba, e iniciaba este período con tales ansias que su maestro tuvo que moderar sus primeros ímpetus espirituales. Sus compañeros de aquellos días recuerdan su bondad y afabilidad. Él había elegido ser un simple hermano laico, y, así, a ejemplo del Padre san Francisco prefería "andar los caminos de la humildad y la obediencia".

Pasado un año, emitía su profesión religiosa a manos del padre Samuel Bocciardo de Génova. Tenía apenas 21 años, pero su madurez espiritual convenció a sus superiores a destinarlo de inmediato al convento de la Concepción, con sede en Génova, el centro más importante de la provincia, donde residió ya hasta su muerte. El convento de la Concepción, amén de ser guardador de la más estricta observancia, acogía en su interior un conjunto variado de actividades: sede del gobierno provincial, enfermería, talleres para la elaboración del burdo paño para los hábitos de los religiosos, farmacia y asistencia sanitaria de cara al público, control del peso de la leña del monte de la Concepción etc. El recién llegado fue pasando de uno a otro oficio como humilde aprendiz de enfermería, cocina, de hortelano luego, sacristía, "siempre infatigable y eficaz", se dice en el proceso. Fueron cinco años sin relieve, sencillos, pero su modo de estar y de actuar en tales menesteres fue perfilando su modo de ser de tal manera que ya el año 1831 le encargan los superiores el oficio de limosnero, en relevo de fray Pío de Pontedécimo, ya cansado y achacoso. Comenzaba a nacer el más famoso limosnero de la provincia capuchina de Génova. Durante dos años se le ve atravesar el valle de Bisagno, de casa en casa, interesado en la vida de los campesinos, y delineando el estilo y método en su relación con las gentes a base de la palabra cálida eficaz, mucha fe, de paciencia, caridad, humildad y devoción.

El exitoso resultado de su acción limosnera en el valle de Bisagno impulsó al padre guardián a encargarle igual oficio en la ciudad. La gente, que había intuido ya su santidad, no se acostumbraba a permanecer en sus quehaceres sin la presencia del capuchino para todo, y así él, tras tomar parte activa y devota en las primeras eucaristías conventuales, se echaba a la calle con la alforja al hombro, siempre acompañado de un muchachito que cargaba el saquete en que recibir parte de la abundosa limosna que las gentes le obsequiaban. Había elegido a san Félix de Cantalicio como protector en sus andanzas ciudadanas.

No se podría contar la vida de nuestro hermano limosnero sin hacer mención también de la historia de la ciudad de Génova del ochocientos, cargada de tensiones, sobresaltos revolucionarios y sociales. Él escuchaba a todos, pequeños y grandes, en sus problemas cotidianos, y les brindaba su comprensión. Las "florecillas"nacidas en torno a la vida de fray Francisco María de Camporosso no cabían en las macetas de ventanas y balconadas de la ciudad de Génova, hijas de la tierra y los asfaltos de aquella ciudad portuaria, disparada a nuevo desarrollo. Sus principales interlocutores eran las madres de casa, los tenderos, la gente del mar, los cargadores del puerto, los niños, con sus mínimos problemas , los mercaderes que pedían luz en sus problemas, los enfermos que visitaba con harto esfuerzo de su parte, los encarcelados que clamaban por una mayor justicia etc. El Señor le iba enriqueciendo con carismas adecuados para aquel apostolado peculiar, anticipando incluso en ocasiones acontecimientos que se hacían realidad. Su fama superó los límites de la ciudad, más allá del ámbito ordinario de sus relaciones ordinarias, debiendo atender también a una densa y fatigosa correspondencia epistolar, casi toda, por desgracia, desaparecida.

Ya en el año 1840 nuestro humilde hermano había alcanzado cotas de popularidad tan significativas que sus superiores, de acuerdo con los otros religiosos limosneros, lo nombraron responsable de todos ellos, su guía y coordinador de sus labores. Cambió la alforja por el cesto trenzado por manos artesanas capuchinas. Estaba autorizado a recabar alimentos y medicinas especiales, incluso con posibilidad de entrar al área del puerto franco en que se expendían mercancías refinadas. Disponía en el convento de un depósito especial en el que guardar, ordenar, distribuir y administrar las limosnas, al tiempo que corría de su cuenta designar los sectores de la ciudad a los otros hermanos limosneros bajo su guía. Esta nueva responsabilidad privilegiada permitió al "padre santo", como era ya conocido en la ciudad, atender con más ayudas organizadas a los pobres, particularmente a familiares de los emigrantes a América y de los marinos, constreñidos a largos tiempos de ausencia y espera de las ayudas esporádicas de sus seres queridos. Entre sus bienhechores había protestantes, hebreos, no creyentes, que contribuían a gusto en su recolección, seguros de que el producto iba a ir a los pobres. Para ello estaba autorizado por los superiores, que tenían confianza en su prudencia y equilibrio, un dato que sirvió para superar las objeciones del proceso de beatificación.

Su piedad se alimentaba sobre todo en las despiertas noches silenciosas cargadas de oración, y luego, durante la jornada, en la plegaria salpicada aquí y allá, y, de paso, sus visitas a la Eucaristía en las iglesias de la ciudad; la meditación de la Pasión de Cristo, la oración litúrgica al interior de la comunidad. Su penitencia era constante: extremadamente rígido consigo mismo, dormía sobre las desnudas tablas, se alimentaba de cuscurros de pan reblandecidos en simple agua caliente; sus hábitos iban siempre bien zurcidos y apetachados; comía una sola vez al día y se aplicaba constantes disciplinas y cilicios. Estaba pronto a la hora de obedecer, siempre con libertad de espíritu y cuidadoso de ofrecer en torno de sí una santidad amable. Su espiritualidad adquiría ante las gentes que frecuentaba unos perfiles populares, espontáneos, de gran proximidad. Su ardor misionero le hacía exclamar: ìOh, quién fuera joven para ir a las misiones! Se preocupó mucho por el incremento de las vocaciones y estuvo cercano ayudando a las necesidades de jóvenes pobres agraciados con la vocación sacerdotal.

La iconografía popular nos muestra a fray Francisco María de Camporosso con figura esbelta, enjuta y austera, con la alforja al hombro o la cesta al brazo, acompañado de un joven ayudante en sus cuestaciones. Su preocupación por ayudar a cuantos encontraba en su diario camino mendicante hacía que, al regreso del convento, encontrara gentes necesitadas esperándole en convento con problemas que le superaba, y entonces estaba todavía la invitación a acercarse a la Madre de todos los necesitados. En el grupo escultórico que el pueblo de Génova hizo levantar a su honor, obra de G. Galleti, aparece fray Francisco María de Camporosso con un gesto de clara invitación amorosa a un vagabundo, una madre con su niño moribundo y un cargador del muelle invocando a nuestra Señora.

Los últimos años de su vida, a pesar de la grave enfermedad que interesó a sus piernas, nuestro hermano aumentó todavía más sus mortificaciones, y encontraba en su quebranto voluntario y en la enfermedad el venero de su sencilla espiritualidad. La iconografía más representativa del momento, diseñada y pintada por el padre Dodero y regalada a Pío IX, nos lo muestra en actitud de entregar su vida a favor de la ciudad de Génova. Y es que cuando en 1866 fue golpeada la región y la ciudad de Génova de la epidemia del cólera, ya imposibilitado físicamente fray Francisco María para atender a sus enfermos, ofreció su vida por la desaparición de la epidemia. Murió al tercer día de enfermedad, 17 de septiembre de 1866, y según fuentes de la época, el cólera comenzó a bajar su intensidad.

Su cuerpo, cubierto de cal, fue sepultado primeramente en el cementerio de Staglieno, donde, con suscripción popular, fue erigido un monumento; más tarde, en 1911, transferido a la iglesia del convento donde él vivió. Después de su muerte, sus devotos continuaron acudiendo a él, y comenzaron a atribuírsele intervenciones milagrosas. Concluídos los procesos informativos, el 9 de agosto de 1896, fue transferida su causa. El decreto sobre la heroicidad de sus virtudes fue firmado el 18 de diciembre de 1922. Pío IX lo beatificó el 30 de junio de 1929, y Juan XXIII lo canonizó el 9 de diciembre, a la conclusión del Concilio Vaticano II. La ciudad de Génova le ha levantado una estatua en la zona del puerto.

 


HIMNO

El pueblo lo llamaba "el padre santo",
al verlo transitar de limosnero;
los nombres de Francisco y de María
sus nombres son en alma y vida impresos.

Con él la caridad camina amable
por la ciudad de Génova y el puerto,
amigos suyos son los cargadores
y todo el que una pena lleva dentro.

El diálogo es su oferta más sencilla,
se acerca a todos y habla sin recelo,
solícito va en busca de un alivio
y siempre ha de tener un buen consejo.

Un día, cuando Génova gemía,
llorando por el cólera a sus muertos,
un pobre agradecido se brindaba
y el Padre Dios tomó el ofrecimiento.

ìHonor a Jesucristo, don del Padre,
que fue oblación perfecta en el madero:
la vida del amor en Trinidad
irradie aquí en la tierra sus reflejos! Amén.

 

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