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San Serafín de Montegranario
Santo
 

18 de mayo
San Félix de Cantalicio
  (1515-1587)

Félix Porri nace en Cantalicio (Rieti) hacia 1515.
Vistió el hábito capuchino a finales de 1543 o principios de 1544 en el convento de Anticoli de Campagna (hoy Fiuggi).
El 18 de mayo de 1545 emitió la profesión religiosa en el convento de Monte San Juan.
Desde 1545 hasta1547 estuvo destinado en los conventos de Anticoli, Monte San Juan, Tívoli y Palanzana (Viterbo).
Desde 1547 hasta su muerte residió como limosnero de ciudad en el convento de S. Niccoló de Portiis de Roma.
Hasta 1572 es limosnero de pan, después de vino y aceite.
El 30 de abril de 1587 cae enfermo.
El 18 de mayo de 1587 muere.
Sixto V ordena instruir inmediatamente el proceso, que fue terminado entre el 10 de junio y el 10 de noviembre de 1587.
Nuevo proceso canónico entre 1614 y 1616.
Urbano VII lo declara beato el 1 de octubre de 1625.
El 27 de abril de 1631 el cuerpo del Beato Félix es trasladado desde la iglesia de S. Niccoló al nuevo convento de la Inmaculada Concepción.
Clemente XI lo inscribe en el catálogo de los santos el 22 de mayo de 1712.

"Oh dulce amor, Jesús, sobre todo amor, / escríbeme en el corazón cuánto me amaste. / Jesús, tú me creaste, / para que yo te amase". - "Jesús, Jesús, Jes&uacutte;s, / toma mi corazón / y no me lo devuelvas más". - "Oh Jesús, Jesús, / hijito de María, / quien te poseyese / cuánto bien tendría". - "A quien abraza bien la cruz / Jesucriisto le socorre / y el paraíso obtiene / y la gloria eternal". - "En esta tierra nuestra / ha nacido una rosa, / una bella Virgen, / que es Madre de Dios". - "Cruz de Cristo en mi frente, / palabras de Cristo en mi boca, / amor de Cristo en mi corazón: / me encomiendo a Jesucristo / y a su dulce Madre María".
(San Félix de Cantalicio)

EL SANTO DE LAS CALLES DE ROMA

El 22 de mayo de 1712 el Papa Clemente XI elevó al honor de los altares a los santos Pío V, Andrés Avellino, Félix de Cantalicio y Catalina de Bolonia: un papa, un sacerdote, un hermano lego y una monja, que habían vivido todos en el período histórico caracterizado por el gran movimiento de restauración católica, antes, durante y después del concilio de Trento.

Los cuatro son "religiosos" (un dominico, un teatino, un capuchino y una clarisa), como subrayando la aportación que las Órdenes religiosas, antiguas y modernas, dieron a la renovación de la Iglesia. Una aportación en distintos niveles: desde la cátedra de Pedro (Pío V), pasando por el formador de un clero nuevo (Andrés Avellino), y el que edifica al prójimo con la humildad y la piedad (Félix), hasta el silencio orante de un monasterio (Catalina). Consciente o no, al canonizarlos juntos, Clemente XI presentó, en una síntesis maravillosa, cuatro típicos representantes de los que habían llevado a la práctica la renovación de la Iglesia.

Entre ellos está la humilde y emblemática figura de Félix de Cantalicio, elevado también a la cima de la gran historia de la Iglesia.

Nacido en el minúsculo centro agrícola de Cantalicio (Rieti) hacia 1515, Félix Porro entró en los capuchinos entre el fin de 1543 y el comienzo de 1544 y, después de transcurrido el año de noviciado en el convento de Anticoli de Campagna (la actual Fiuggi), el 18 de mayo de 1545 emitió la profesión de los votos religiosos en el conventito de Monte San Juan, donde aún se conserva su testamento, redactado el 12 de abril de 1545.

Pertenece, pues, a la primera generación de capuchinos, a los que llegó no desde la familia de los Observantes o de otra Orden religiosa, sino del "siglo". Se hizo fraile inmediatamente después de la triste defección de Bernardino Ochino (ocurrida el mes de agosto de 1542), cuando los pobres capuchinos eran acusados públicamente de herejía, y todo hacía sospechar que debían ser suprimidos.

No obstante, por las palabras del mismo fray Félix, podemos saber lo que, en aquellas tristísimas circunstancias, pensaba el pueblo cristiano - no los perseguidores ni algunos empleados de la curia romana - de la vida y la religiosidad de los capuchinos. En efecto, a un primo agustino, que lo animaba para que lo siguiera en su Orden, Félix respondió que, si no se podía hacer capuchino, prefería quedarse en el siglo. Por eso cabe deducir que, a pesar de las persecuciones y las calumnias, la Reforma capuchina era muy querida.

Parece superflua la insistencia en recordar toda la serie de anécdotas pintorescas que caracterizan la vida de fray Félix. Entre ellas hay que enumerar los encuentros y el intercambio de dichos ingeniosos con Sixto V, San Felipe Neri, el futuro cardenal César Baronio, con San Carlos Borromeo, los alumnos del Colegio Germánico o las damas de la nobleza romana, a cuyas puertas llamaba para pedir limosna. Son cosas más que sabidas, como también son conocidas las cancioncillas que él cantaba por las casas y por las calles de Roma, sus reconvenciones a prepotentes y pecadores, las profecías y los milagros que refirieron los testigos con ocasión de los procesos canónicos y que Sixto V, queriendo apresurar su canonización, decía estar dispuesto a confirmarlos con juramento.

Hay que subrayar, de todos modos, que sobre las cosas maravillosas atribuidas a fray Félix mientras vivía, los testimonios son casi todos de fuera de la Orden capuchina. Los frailes, o las ignoraban, o no juzgaron oportuno contarlas.

Pero si de la vida de fray Félix se quitan las anécdotas, los dichos ingenuos y sabrosos, los milagros y las profecías, queda muy poco que contar. Él, después de pasar los primeros años cuatro años de su vida religiosa en los conventos de Anticoli, Monte San Juan, Tívoli y Palanzana (Viterbo), durante el resto de sus días moró en Roma (1547-1587), donde diariamente pidió limosna primero de pan (hasta 1572) y después, hasta la muerte, el vino y el aceite para sus frailes. Los capuchinos que vivieron codo a codo con él lo consideraban un buen religioso, como tantos otros, y por eso se admiraron mucho al ver la interminable procesión de personas que acudieron a venerar su cadáver y que - junto a hombres y mujeres de la nobleza romana, a cardenales y al mismo Sixto V - proclamaba sus milagros y su santidad.

En los primeros procesos los frailes se limitaron a contar cómo fray Félix empleaba su tiempo en la vida de cada día. Por eso conocemos hoy lo que él hacia en cada momento de su laboriosísima jornada: cuándo oraba (de día y de noche), se flagelaba, iba a la limosna, daba consejos, visitaba a los enfermos en el convento y fuera de él, hacía toscas crucecitas para los devotos que se las pedían.

Por eso, en los procesos antiguos se narran poquísimos milagros. Abundan más bien en describir la vida cotidiana de Félix, que por lo demás, con las debidas excepciones, era el modo de vida de los capuchinos en la segunda mitad del siglo XVI. Todos pueden darse cuenta repasando el índice de cosas, lugares y personas de la edición crítica de los procesos de beatificación y canonización de fray Félix, en los que veinte densas columnas se refieren al santo.

Se nos ha transmitido así la imagen de un modelo de la vida capuchina, de modo concreto y detallado. Fray Félix encarnó a la perfección lo que las constituciones prescribían, no servilmente, sino en la libertad de su carisma. Y por eso mismo se convirtió en un modelo a imitar, y de hecho ha sido imitado.
Cuando estaba vivo, fray Félix había enseñado a algunos frailes - con maneras no siempre corteses y dulces - a rezar y a ir a la limosna. Después de su muerte se convirtió en un modelo para muchos. Los testigos que en 1587 habían referido su vida y sus virtudes, en los procesos celebrados a distancia de veinte o treinta años contaron cosas maravillosas que en 1587 habían callado. ¿Cómo es posible? ¿Inventaron fábulas? No, sino que, con el correr de los años, habían comprendido mejor el significado de una vida que, mientras transcurrió ante sus ojos, les había parecido del todo normal y en absoluto diversa de la de tantos otros frailes.

Aunque relegado al último lugar, fray Félix había vivido durante cuarenta años en Roma, en el convento principal de la Orden, sede del vicario general. Lo habían conocido tantos frailes ilustres, especialmente con ocasión de los capítulos generales. Bernardino de Colpetrazzo señala que, en el capítulo de 1587, debido a los acontecimientos que siguieron a la muerte de fray Félix, los frailes capitulares dejaron de lado casi del todo los sermones que solían hacerse en dicha ocasión, porque fray Félix había predicado más que suficiente con su santa muerte. Fueron precisamente los capitulares los que dieron a conocer en las diversas provincias las cosas maravillosas que entonces sucedieron. Inmediatamente se distribuyeron "vidas" e imágenes de Félix, y más tarde fueron festejadas solemnemente en todas partes su beatificación (1626) y su canonización (1712).

En el grupo de frailes que han de ser tenidos como padres de la Reforma capuchina, fray Félix es probablemente el que sigue a Bernardino de Asti, que lo había acogido en 1543/44 siendo guardián del convento de Roma. Sería necesario tratar de conocer mejor el influjo (no oficial, sino carismático y real) que ejerció en la vida y la historia de la Orden capuchina, en el fecundo campo de la perfección religiosa y de la santidad. Ciertamente no faltan indicios para descubrir los canales y las formas de dicho influjo. Baste recordar la amplísima difusión de sus estampas ("Pictura est laicorum litteratura", y no solo de los iletrados), de sus "vidas", de las reliquias, del culto, de determinadas fórmulas de oración y, lo que es más importante, del afán de imitarlo especialmente por parte de los hermanos laicos capuchinos, algunos de los cuales están inscritos en el catálogo de los beatos y de los santos. Se ha comprobado que, entre los capuchinos, fray Félix fue el santo más amado e imitado. Una muestra de ello se puede encontrar incluso en el gran número de frailes que, al entrar en religión, tomaron el nombre de Félix. Así, en 1650, entre los casi 11.000 capuchinos de Italia, 277 se llamaban Félix y, hasta 1966, el Necrologio de la provincia Romana registra 217 frailes que llevaron el mismo nombre.

Pero quizá el influjo ejercido por Félix fue más profundo y vasto de lo que se puede imaginar. Por ejemplo, en la Orden capuchina no hay trazas de ninguna clase de la clericalización que, pocos años después de la muerte de San Francisco, se radicalizó entre los frailes Menores. Además, incluso contra las puntillosas opciones de la Iglesia postridentina, la Orden capuchina siempre reivindicó los mismos derechos para los laicos y para los clérigos. En esta peculiaridad difícilmente pudo ser indiferente el papel de fray Félix, el primero que honró a la Orden con la nobleza de la santidad y que, en el noviciado de Anticoli de Campagna, tuvo como maestro a fray Bonifacio, un capuchino no clérigo.

En 1537, precisamente en el convento de Anticoli, había muerto Francisco Tittelmans de Hasselt, siendo vicario de la provincia de Roma, mientras estaba de visita canónica. Desde un punto de vista humano, su muerte prematura fue una tragedia para la joven familia capuchina, de la que él era una de las columnas. Pero, a los pocos años, en el mismo lugar en el que el doctísimo Tittelmans había muerto, daba sus primeros pasos en la palestra de la vida religiosa el "inculto" Félix. A pesar de su diversidad - Tittelmans gran profesor, Félix un laico iletrado - ambos tuvieron en común el amor por el trabajo manual, por la contemplación, por una rígida observancia de la Regla, per la humildad y el cuidado de los enfermos. Pero, a diferencia de Tittelmans, Félix tuvo tiempo de encarnar un perfecto modelo de vida capuchina marcado por esas opciones. Y su ejemplo ha creado escuela.

 


HIMNO

La humilde alforja limosnera
recoge pan de puerta en puerta;
pide fray Félix por amor
y un don de amor pidiendo entrega.

Juntas se encuentran para el pobre,
servidas juntas en la mesa,
la caridad del Padre bueno,
la bendición de quien la ofrenda.

Camina humilde, como templo
que dentro lleva la Presencia,
y si dialoga, sus palabras
vienen de Dios cual Buena Nueva.

Mirad las cinco flores rojas,
rosas que son de llagas bellas;
mirad la blanca flor bendita,
María, fúlgida azucena.

Ellas serán sus libros santos,
fuente secreta de su ciencia;
todo lo ignora y todo sabe
quien a Dios tiene y se contenta.

ìHonor a Cristo, nuestro Hermano,
que a los sencillos se revela;
honor, que el Padre así lo quiso
y en los humildes se deleita! Amén.

 

 

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