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22 de septiembre
San Ignacio de Santhià
( 1686-1770)

Lorenzo Maurizio Belvisotti (Ignacio) nace el de 5 de junio de 1686 en Santhià, Vercelli, Italia.
El 1710 es ordenado sacerdote
El 24 de mayo de 1716 viste el habito capuchino e inicia el año de noviciado en el convento de Chieri, cambiando su nombre de bautismo por el de fray Ignacio.
Después del noviciado en Chieri, 11716-1717, y su profesión en Saluzzo ,1717-1721, es enviado al convento de Monte Torino, 1727.
El 31 de agosto de 1731 es elegido vicario de la comunidad y maestro de novicios.
En 1744, liberado del cargo de maestro de novicios, durante dos años, asume la capellanía de los soldados, en acción de guerra contra Francia, al tiempo que atiende a los apestados.
En 1746 vuelve a Monte Torino y es limosnero a favor de los más pobres y confesor muy solicitado.
Los dos últimos dos años,1768-1770,los pasa en la enfermería, siempre dispuesto a bendecir, confesar e impartir sus consejos.
Muere en la media noche del 22 de septiembre de 1770.
El proceso de beatificación se comienza de inmediato, y el 19 de marzo de 1827 León XIII declara la heroicidad de sus virtudes.
Pablo VI lo proclama beato el 17 de abril de 1988.

"El paraíso no ha sido creado para los apoltronados; por tanto, empeñémonos. Desdice de quien ha optado por una Regla austera, una excesiva preocupación por huir de los padecimientos, siendo así que el sufrimiento es propio del seguimiento de Jesús. Si el Sumo Pontífice de Roma nos obsequiara con un pedacito de la Santa Cruz, nos sentiríamos muy honrados por semejante deferencia, y la recibiríamos con suma reverencia y devoción. Pues bien, Cristo Jesús, Sumo Pontífice, nos envía desde el cielo una parte de su cruz mediante los sufrimientos. Llevémosla con amor y soportémosla con paciencia, agradecidos por semejante favor."
(Beato Ignacio de Santhià)

APÓSTOL DEL PIAMONTE

Lorenzo Mauricio, ese era su nombre de bautismo, fue el cuarto de seis hijos de la agitada familia de Pedro Pablo Belvisotti y María Isabel Balocco, nacido el 5 de junio de 1686 en Santhiá, Vercelli. Quedó huérfano de padre a la edad de siete años, y su madre lo entregó al cuidado de un piadoso y sabio sacerdote, pariente suyo. Pasó luego a Vercelli para atender a su educación superior, y fue ordenado sacerdote en 1710l. La admiración que pronto suscitó en torno de sí fue causa de que fuera requerido por la noble familia Avogadro como instructor de sus hijos, a los que se unieron otros jóvenes..

Con el fin de retenerlo para sí, su propia ciudad lo eligió canónigo y rector de la famosa colegiata de la misma localidad. A su vez, los Avogadro lo eligieron párroco de Casanova Elso, de cuya pedanía gozaban de jurisdicción. Entre tanto, don Belvisotti, constreñido por ambos beneficios, huyó un día a Turín y obtuvo del padre Provincial de capuchinos ser admitido como novicio.

-¿Cuál es la razón de su ruptura con una carrera tan prometedora de frutos espirituales? - objetó el Provincial.

- Padre, mi corazón no descansa sobre tales posibles triunfos. Siento dentro de mi un a voz que me dice: Si quieres encontrar la paz, debes hacer la voluntad de Dios a través de la obediencia.

Y de este modo, así, sencillamente, don Belvisotti se convirtió en fray Ignacio de Santhià, en el noviciado, un 21 de mayo de 1716. Su firmeza en el camino de la perfección, la observancia plena , presurosa, espontánea y alegre, al interior de la vida capuchina, le atrajeron la admiración hasta de los religiosos ancianos de aquella comunidad.

Después del noviciado, y tras la profesión solemne en Saluzzo, 1721, fray Ignacio fue requerido por los jóvenes de la comunidad de Chieri. En 1727 lo encontramos perfeccionando sus estudios teológicos para mejor encarar el oficio de sacristán y atención del confesonario en la iglesia de Monte Torino. En el capítulo provincial del 31 de agosto de 1731 fue nombrado vicario y maestro de novicios en Mondoví. A lo largo de catorce años, el Beato Ignacio firmó el acta de profesión de 121 nuevos capuchinos, algunos de los cuales fueron famosos en virtud y murieron en olor de santidad. Resultan conmovedores los testimonios de estos religiosos al expresarse en torno a la virtud de su maestro. El padre Ignacio sabía transmitir a los jóvenes la pasión por la observancia de la Regla y de las Constituciones. Sabía reducir con mano maestra a la unidad del amor las diversas prácticas religiosas de sus novicios devotísimos.

También es cierto que el amor tiene su rigor: el maestro era inamovible en el principio abneget semetipsum; pero precisamente aquí brillaba su talento pedagógico. Él sabía entusiasmar a los jóvenes en el camino de la virtud, en el ejercicio del sacrificio, no imponiendo jamás un acto de rigor sin que previamente fuese antes integrado en "el juego del amor", como él decía. Su enorme discreción y su ternura maternal le atraían la veneración irresistible de sus jóvenes discípulos en los caminos de la virtud. A un su novicio, luego misionero en el Congo, Bernardino da Vezza, impedido por una grave enfermedad oftalmológica a proseguir en su apostolado, le hizo, en acto heroico, la donación de sus propios ojos, contrayendo la enfermedad de su discípulo. Sanó el misionero, pero el maestro quedó afectado tan violentamente que se vio obligado a abandonar el cargo de maestro de novicios con harta pena de parte de la fraternidad. El padre Ignacio jamás se arrepintió de su ofrecimiento, ni se admiró tampoco de la enfermedad: "alguien tiene que llevar la cruz", decía. Liberado del cargo, jamás actuó como jubilado o pensionista, y continuó en Monte Torino con su empeño docente a los religiosos.

El padre Ignacio nunca fue un predicador oficial, pero cuando la obediencia le encargó la catequesis dominical a los hermanos no clérigos, y después el dirigir los ejercicios espirituales a la comunidad de Monte, no se arredró, y el éxito le acompañó de tal manera que entre sus oyentes se encontraban los mismos superiores, los predicadores y los maestros de teología. Una de los tandas de ejercicios espirituales anuales se la reservaba siempre para él, y era que su poder de convocatoria era tal que atraía el mayor número de asistentes, con la particularidad de querer repetirlos con él los que ya los habían hecho en la otra oportunidad, "alentados por el espíritu que hablaba por su boca". Lo hacía siempre con total libertad de espíritu, sin adulación, con respeto y verdad cara a los superiores, que lo consideraban como maestro. Sus observaciones practiquísimas eran tan oportunas, y tan sin acritud, que "curaban con provecho de todos". A quien en cierta ocasión le dijo que sus palabras cantaban bien a las claras e iban directamente a dar sobre la responsabilidad de los superiores, contestó: "Yo hablo de todos y de ninguno, y cuanto digo lo he leído previamente en el Crucifijo". Sus palabras no eran otra cosa que chispas del fuego que abrasaba su interior, y le movía a hacer mucho más de lo que proponía a sus hermanos, de modo que éstos le consideraban como uno "de los grandes del reino que primero ponen por obra lo que enseñan".

Fue el padre Ignacio durante veinte años el pábilo encendido sobre el candelabro, luz de doctrina y llama de caridad. Su predicación doméstica cesó dos años antes de su muerte, acaecida a los ochenta y dos años de edad. Cuando en 1744 fue exonerado del cargo de maestro de novicios, el Piamonte estaba en guerra contra Francia, y, a consecuencia de ella, llegó la peste la región. El rey de Cerdeña, Carlos Emanuel III, quiso que los capuchinos asumieran el cargo de capellanes del ejército, y el padre Ignacio, sin titubear, corrió a Asti, Alejandría, Vinovo, allá donde se exigía levantar un hospital de campaña. Casi durante dos años el exmaestro de novicios, adornado de altísimas virtudes, vino a hacer de buen samaritano con los heridos en los caminos sangrientos de la guerra, consolando y curando las llagas de los heridos en batalla.

Más de uno de sus hermanos religiosos cayeron también víctimas de la epidemia. En 1746 terminaron la guerra y la peste, y el padre Ignacio regresó a Monte Torino de los capuchinos, donde situaría el cuartel de su pacífica milicia seráfica, en síntesis heroica de todas las virtudes y la prodigiosa eficacia de sus bendiciones. Los pobres y los enfermos de Turín conocieron muy pronto el corazón del capuchino, que se echaba a las calles de la ciudad y acogía a cuantos se llegaban a él sin dar nunca señal de contrariedad alguna; sabían los pobres que el padre Ignacio estaba siempre pronto a acudir a los ricos con mano pedigüeña en su favor. Su prestigio bien ganado nunca le hizo volver con sus manos de vacío, y es que los mismos ricos se sentían honrados de colaborar con el santo como ministros de la divina Providencia. De esta manera, el pobre capuchino de Monte Torino colaboraba también a mantener viva en Turín la rica tradición de caridad y beneficencia tan honda en el alma piamontesa. Los modos de acercamiento del padre Ignacio a sus amigos necesitados eras muy diversos, y así, además del bocado imprescindible para los hambrientos, estaban también las bendiciones que siempre tenía prontas para sus enfermos, bien requeridas en el convento de Monte Torino por las gentes que se llegaban hasta allá, o que él mismo fletaba al aire como palomas al son de las campanas del Ángelus con dirección urgente al lecho del dolor de sus devotos, muy frecuentemente seguidas de efectos prodigiosos de rápida curación.

Durante más de veinte años fue el confesor más solicitado por los penitentes que se llegaban a la iglesia del convento. "Cazador y refugio de pillos y truhanes", lo llamaba el marqués Roero de Cortanze, que, a su vez, también lo frecuentaba; pero se sabía que caer en sus redes equivalía a quedar anegado en la misericordia de Dios. Personas ilustres como el cardenal Carlos Vittorio Amedeo delle Lanze, o el arzobispo de Turín, Juan Bautista Roero, lo honraban con devota admiración. Pero el padre Ignacio prefería el contacto con los pobres y los humildes. También los pillos tenían acogida en el reservado en que él atendía a penitentes especiales, sacerdotes, religiosos y sus hermanos de Monte Torino. Los frutos de aquellos encuentros sacramentales eran bien conocidos de todos. Se repetía como estribillo. "Quien quiera ser bien servido, acuda al padre Ignacio, capuchino".

El beato pasó los dos últimos años de su vida (1768-1700) retirado en la enfermería del convento de Monte Torino, sin dejar, por ello, de lado la atención al confesonario, sus bendiciones y sus consejos a cuantos se lo solicitaban.

Su vida aparecía como absorbida y transformada en aquel Crucifijo que miraba devotamente de continuo. En el penúltimo mes de su vida (agosto de 1770) fue sorprendido de pie, con los brazos en cruz, frente al Cristo doliente del altar, inmóvil y en levitación, actitud frecuente en sus coloquios con Dios, tan intensa, a veces, que sus hermanos se vieron obligados a sacudirlo para poder ser escuchados.

Fruto de esta conversación celestial, fue la permanente sonrisa característica de su vida y su aspecto siempre alegre y bondadoso. "Este padre tiene la gloria del cielo marcada en los rasgos de su rostro", se decía de él. Sería injusto añadir: a pesar de su constante penitencia; y es que su gozosa expresión le nacía precisamente de la continua y amorosa ascesis penitencial. "Este valle de lágrimas, - dice su exnovicio, padre Jacinto de Pinerolo, - parecía transformarse en jardín de delicias, ya que se mortificaba y encontraba aliento en el dolor por lo mucho que amaba". Este gozo suyo era fruto del espíritu, y era así mismo genuina muestra de la perfecta alegría franciscana, que el beato no dejó de inculcar a las personas melancólicas, lacrimógenas, de ánimo escrupuloso: "laetari et benefacere, - canturreaba a los tales -, y echa al vuelo, como pájaros, alegremente tus pesares".

La agonía, como no podía ser de otro modo, la aceptó radiante. "Padre guardián, se lee que algunos santos temblaron ante la muerte; yo, en cambio, me encuentro tan tranquilo que temo confiar en demasía; tenga la caridad de darme al respecto algún consejo". La voz del representante de Dios le tranquilizó. Sonaba la media noche del 22 de septiembre de 1770, y a la invitación de superior: "Ponte en camino, alma cristiana....", el padre Ignacio, como respondiendo a la invitación, inició el último viaje de su vida.

Su fama de santidad y los numerosos milagros a él atribuídos hicieron abrir de inmediato el proceso de beatificación. Fue introducido el proceso apostólico en 1782. El 19 de marzo de 1827, León XIII proclamaba la heroicidad de sus virtudes, y el 17 de abril de 1966 el papa Pablo VI procedía a su solemne beatificación .

 


HIMNO

Ansioso de vivir en obediencia,
quisiste ser un pobre capuchino,
celoso sacerdote que seguiste
la voz del corazón en pos de Cristo.

Ignacio de Santhiá, apasionado
con férvida pasión del Crucifijo:
Jesús, amor donado humildemente,
marcó la luz polar de tu camino.

Y al darte a Él, te diste a los hermanos,
te diste cual maestro de novicios;
tu propia vista a Cristo la ofreciste,
la luz que a un misionero le bendijo.

Hermano sabio, siempre disponible,
tu gozo más profundo fue el servicio,
y fue el confesonario dulce encuentro
del infinito amor, por ti servido.

ìAl Padre, amor de todo amor pensado
y al Hijo y al Espíritu divino,
ascienda, por la Iglesia, la alabanza
y baje hasta nosotros su rocío! Amén.

 

 

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