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San Pío de Pietrelcina
San Serafín de Montegranario
Santo
 

11 de mayo
San Ignacio de Láconi
(1701-1781)

El 10 de diciembre de 1701 nace Vicente Cadello Peis (Ignacio) en Láconi, diócesis de Oristano (Cerdeña).
El 17 de mayo de 1707 recibe la confirmación, y después la comunión.
El 10 de noviembre de 1721 entra en el convento-noviciado de S. Benito, en Cagliari, y como hermano laico viste el hábito capuchino con el nombre de fray Ignacio.
El 10 de noviembre de 1722 emite la profesión religiosa.
Hasta 1742 está destinado en la cocina y el telar, primero en Iglesias, después en los conventos de S. Benito y Buencamino de Cagliari.
Desde 1742 hasta la muerte es limosnero por toda la ciudad.
El viernes 11 de mayo de 1781 muere en la enfermería del convento de Buencamino de Cagliari.
El 18 de diciembre de 1821 se hace el reconocimiento de sus restos.
La causa se inició el 16 de julio de 1844 y Pío IX declaró la heroicidad de las virtudes el 26 de mayo de 1869.
Pío XII lo declaró Beato el 16 de junio de 1940.
El mismo papa lo inscribió en el catálogo de los Santos el 21 de octubre de 1951.
El 27 de agosto de 1960 se inauguró en Láconi el museo de San Ignacio.
Del 20 al 28 de agosto de 1976 la urna del santo recorrió en peregrinación toda Cerdeña.
Tened confianza en Dios. Antes morir que perder la fe. Doy gracias de Dios por haber nacido de padres católicos y haber aprendido de ellos las máximas de la santa fe. Doy gracias a Dios que me ha llamado a la fe en el santo bautismo y a la religión en esta Orden de San Francisco. Quisiera que todo el mundo fuese católico y se convirtiese a la adoración del verdadero Dios Creador y Redentor.
(San Ignacio de Láconi)

UNA ALFORJA DE SABIDURÍA

Viernes 11 de mayo de 1781. A las tres de la tarde, la campana del convento de Buencamino, después del anuncio de la agonía del Señor, señala la muerte de uno de los religiosos. La noticia se esparce rápidamente por las callejuelas de la ciudad; corre veloz porque el nombre de fray Ignacio, el religioso difunto, está en los labios de todos. Se desata entonces una rivalidad singular entre los de Cagliari, pues todos quieren ser los primeros en llegar al convento para rendir homenaje al hermano. Una procesión interminable pasa ante el cadáver. Después de la obligada interrupción de la noche, al día siguiente continúa con una afluencia aún mayor.

Impresionante. No era fácil ver una multitud semejante, en la que estuviesen unidos los sencillos del pueblo y los poderosos. Hasta el virrey de Cerdeña, acompañado por el vicario general de la diócesis, se detuvo ante el cadáver. Dos días después, el domingo, la misa exequial, que fue una verdadera fiesta, selló definitivamente el afecto de la ciudad por su "santo" (esa era la opinión de la gente). Y sin embargo, la historia de fray Ignacio había sido de lo más normal. Incluso los milagros, tan abundantemente testificados en los procesos canónicos, eran algo que se daba casi por supuesto, ordinario, como una manifestación natural de una existencia más angélica que humana.

Había nacido en Láconi, en la ladera meridional de la región montañosa sarda, un pequeño satélite de la órbita de Cagliari, en diciembre de 1701. Sus padres eran Matías Cadello y Ana María Sanna, y se daba por supuesto que sería campesino como sus padres. ¿Hubiera podido ser distinto en una región aislada y poco abierta a las novedades? Si pensamos que en siete años, entre 1713 y 1720, durante la adolescencia y la primera juventud de Ignacio, Cerdeña cambió tres veces de gobierno, pasando, después de cuatro siglos de gobierno español, primero a Austria, para volver a España y acabar finalmente en la casa de Saboya, sin que los sardos se diesen cuenta de todo aquel vaivén de gobiernos, comprendemos que la vida en la isla transcurriese sobre sus propios raíles, asentada en leyes que no eran las que el derecho de las monarquía europeas había codificado.

Sus familiares le transmitieron la semilla evangélica, hasta el punto de que, cuando era niño, sus paisanos le dieron el sobrenombre de lu santuxeddu, el santito: nunca a la escuela, ni aprendió a escribir, pero todos los días iba a misa, que entonces se celebraba antes del alba, y hacía de monaguillo. Antes de cumplir los siete años, según la costumbre del tiempo, recibió la confirmación, el 17 de mayo de 1701, de manos del arzobispo de Oristano, monseñor Francisco Masones y Nin. El santito se mantuvo tal, si hemos de creer a los testimonios, incluso en la edad, delicada y difícil, de la adolescencia y de la primera juventud; y así lo consideraban cuando, a los dieciocho años, una enfermedad lo postró durante mucho tiempo en la cama y lo puso al borde de la muerte. En aquella ocasión prometió a Dios que, si sobrevivía, se haría franciscano.

Vicente curó, pero no mantuvo su voto. Nunca sabremos con certeza los motivos que le llevaron a olvidar la promesa que había hecho. Es inútil, pues, cualquier intento de explicación, que estaría fundado solamente sobre conjeturas hipotéticas. Es verdad, en efecto, que muchas veces "el pasado queda oscuro, y misterioso lo que alberga el ánimo humano" (P. Golinelli). Y es verdad también que Vicente pareció olvidar, por algún tiempo, no solo la promesa que había hecho, sino también el anterior fervor religioso, volcado más bien en descubrir las alegrías de la juventud. Pero si él había olvidado el voto hecho a Dios, Dios no se había olvidado de él. Una mañana del otoño de 1721, mientras se dirigía a caballo hacia el altiplano de Sarcidano, estuvo a punto de sobrevenir la tragedia: el animal emprendió de improviso una carrera loca y Vicente, que había perdido el control, miraba con temor el precipicio que se abría junto al sendero, creyendo que antes o después iría a parar al fondo. Cuando se había convencido de que había llegado su hora, el caballo se paró en seco, dejando al joven exhausto y bañado en sudor, pálido por el miedo. Entonces, mientras suspiraba aliviado, Vicente recordó el voto que había hecho y no había cumplido. En aquel momento decidió cumplirlo.

A primeros de noviembre de aquel año de 1721 Vicente llegó, acompañado por su padre, al convento de Buencamino de Cagliari, y se presentó al Provincial de los Capuchinos, pidiéndole ser admitido en la Orden. Ocurrió lo que quizá no había previsto, porque lo rechazaron: una salud como la suya, más bien débil, no le iba a permitir superar las austeridades propias de una vida de hermano laico. Vicente y Matías fueron entonces a visitar al marqués de Láconi, Gabriel Aymerich, para que intercediese a favor del joven. Gracias a sus buenos oficios, Láconi tuvo un campesino menos y el pueblo sardo un santo más. El 10 de noviembre Vicente vestía el hábito capuchino con el nombre de Ignacio, e iniciaba el año de noviciado, superado no sin dificultades: el último escrutinio lo superó con un solo voto (seis favorables y cuatro contrarios), pero fue suficiente para admitirlo a la profesión, que emitió el 10 de noviembre del año siguiente, 1722.

Los veinte años que siguieron están envueltos en un silencio difícil de penetrar: los testimonios de este largo período son pocos y contradictorios. Probablemente estuvo primero en Iglesias y después en Domusnovas (pero es posible que fuera al revés), donde se le confiaron diversos trabajos, porque no lograba mantenerse por mucho tiempo en ningún encargo. Llegó a Cagliari hacia 1742, y desde entonces hasta la muerte recorrió las calles de la ciudad con la alforja a la espalda. Aprendió a conocer las piedras y los rostros de las personas de Cagliari; entró en todas las casas, en las de los pobres y en las de los ricos, pidiendo pan y ofreciendo otro pan, el del Evangelio, que anunciaba de modo sencillo y eficaz, sobre todo a los niños y a los pobres, que se sentían acogidos y amados, comprendidos y defendidos por él.

Tanto es así que es famosa la lección que fray Ignacio dio a Joaquín Franchino, un comerciante que se había enriquecido desangrando a los pobres, y le gustaba la ostentación, deseando aparecer incluso como bienhechor, pero el fraile se guardaba mucho de llamar a la puerta de su casa. El especulador se quejó al guardián, que ordenó a fray Ignacio pasar por casa de Franchino cuando saliese a la limosna. El fraile, posiblemente a su pesar, obedeció, pero cuando acababa de salir de la casa del rico usurero, comenzó a manar sangre de la alforja, llena de una abundante limosna: un reguero que iba de la ciudad hasta el convento. Cuando depositó aquella alforja a los pies del guardián, éste, horrorizado, pidió explicaciones. "Padre - dijo fray Ignacio -, ìes la sangre de los pobres". Y no dijo nada más y nada más le preguntó el superior, porque estaba dicho todo.

Alrededor de aquel fraile bueno, amigo de los niños y cercano a los que sufrían, que sabía escrutar los corazones, que dominaba su cuerpo con una dura penitencia y que había recibido de Dios el don de los milagros y la previdencia, floreció muy pronto la leyenda. Se convirtió en una parte importante de Cagliari, e incluso los grandes personajes se le acercaban para pedirle consejo e intercesión. Los milagros están testificados con tanta abundancia en los procesos, que podría parecernos incluso molesto de no tener un testimonio nada sospechoso, debido a un pastor protestante que no tenía ninguna intención de favorecer la canonización del fraile. José Fuos, que había llegado a Cagliari en 1773 como capellán de un regimiento alemán, permaneció allí algunos años. En 1780 publicó en Lipsia un libro (Cerdeña en 1773-1776, en alemán) con las cartas que había escrito en aquellos años: "Veíamos - escribía el pastor en una de ellas - todos los días pedir limosna por la ciudad a un santo viviente [...]. Él puede hacer que vayan detrás de él quesos enteros, cuando cruelmente le niegan un pedazo. Si un acaparador de trigo le da pan como limosna, brota la sangre; si un burlón le ofrece llenar de aceite su saco de tela, él lo lleva a casa sin perder ni una gota. Incluso las damas jóvenes cuando están de parto le piden ayuda para tener un alumbramiento feliz, y su confianza en él es muy profunda y nada sospechosa, porque peina canas y está con un pie en la tumba".

La escritora y premio nobel Gracia Deledda, retomando las afirmaciones de uno de los biógrafos del santo fraile, subrayaba que él "no ha escrito una línea, porque era analfabeto, no ha dejado una doctrina, porque no era filósofo, no ha fundado ninguna Orden, porque no era hombre de iniciativas geniales y valerosas. Un pobre fraile limosnero era fray Ignacio, el siervo de todos, el último de los últimos; y sin embargo fue el hombre más famoso del siglo XVIII en Cerdeña". Y continuaba Deledda recordando una estampa característica que "nos lo presenta ya viejo, quizá ya ciego, con el Rosario, el bastón, la barba hirsuta, su rostro oscuro y chato: nada tiene de seráfico, pero es el antiguo pastor sardo, en cuya alforja es esconde un tesoro de sabiduría y de virtud". Esa sabiduría y esa virtud que aún hoy nos encantan.

Felice Accrocca

 


HIMNO

Un campesino humilde de Cerdeña
buscó en los capuchinos ser hermano:
un campesino menos tuvo Láconi
y un santo muy querido el pueblo sardo.

Amable fray Ignacio con tu alforja
en Cagliari pidiendo cuarenta años;
a Cristo predicaban elocuentes
tu rostro, tus sandalias, tu rosario.

Hermano analfabeto que sabías
la misteriosa ciencia de los sabios,
las gentes te buscaban y tenías
el don de tus palabras y milagros.

Amigo de los niños y los pobres,
de toda pena humana suave bálsamo,
la pura caridad que derramabas.
te alzó entre los sencillos afamado.

Y hoy dura tu seráfica memoria,
ardiendo la oración en tu santuario:
tú llevas a la Madre de piedad,
y a Cristo, pan viviente, en el sagrario.

ìOh Cristo eterno, Cristo Eucaristía,
amor donado, el Santo entre los santos,
a ti que resplandeces entre pobres,
a ti la gloria, Hijo coronado! Amén.

 

 

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