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San Pío de Pietrelcina
San Serafín de Montegranario
Santo
 

23 de septiembre
San Pío de Pietrelcina
(1887- 1968)

Francisco Forgione (Padre Pío) nació en Pietrelcina el 25 de mayo de 1887.
Vistió el hábito capuchino en Morcone, en enero de 1903, y en enero de 1907 emitió la profesión solemne.
En 1908, por motivos de salud, dejó el convento.
El 10 de agosto de 1910 fue ordenado sacerdote en la catedral de Benevento, y el 17 de febrero de 1917 regresó definitivamente al convento, incorporándose al de Santa Ana de Foggia.
En septiembre de 1916 se trasladó a San Giovanni Rotondo, donde vivió hasta su muerte.
El 20 de septiembre de 1918 recibió los estigmas.
Entre los años 1922 y 1923 el Santo Oficio actuó contra el Padre Pío, y en 1931 se le privó de la facultad de ejercer el ministerio sacerdotal.
En 1933 pudo celebrar de nuevo la misa en público.
En 1947 comienzan los trabajos de construcción de la "Casa Alivio del Sufrimiento", que fue inaugurada el 5 de mayo de 1956; y, al mismo tiempo, se funda los "Grupos de oración".
En 1960 se dictan nuevas restricciones en relación al Padre Pío, que se levantan en 1964.
El 23 de septiembre de 1968, a las 2,30 de la mañana, muere el Padre Pío y desaparecen los estigmas.
Enseguida se abre su causa de beatificación, de forma oficial el 20 de marzo de 1983.
El 20 de enero de 1990 concluye el proceso.
El 2 de mayo de 1999 el Papa Juan Pablo II lo declara Beato.
El 16 de junio de 2002 el mismo Papa Juan II, ante una multitud de fieles nunca vista, lo declara Santo en la Plaza de San Pedro, en Roma.
Todo se resume en esto: estoy devorado por el amor a Dios y el amor al prójimo. ¿Cómo es posible ver a Dios que se entristece ante el mal y no entristecerse de igual modo? Yo no soy capaz de algo que no sea tener y querer lo que quiere Dios. Y en él me encuentro descansado, siempre al menos en lo interior, y también en lo exterior, aunque a veces con alguna incomodidad. Jesús se escoge algunas almas, y, entre ellas, en contra de mi total desmérito, ha elegido también la mía para ser ayudado en el gran proyecto de la salvación humana. Y cuanto más sufren estas almas sin alivio alguno, tanto más se mitiga los dolores del buen Jesús. Éste es el único motivo por el que deseo sufrir cada vez más y sufrir sin alivio; y en esto encuentro toda mi alegría.
(Padre Pío de Pietrelcina)

LA LIBERTAD DEL EVANGELIO

Hasta la televisión va sobre seguro con él: precisamente al comienzo de la Semana Santa de este año [2000] un film sobre su vida ha conseguido índices de audiencia que envidian los partidos de fútbol más esperados, y actores y actrices no se avergüenzan de confesar que el Padre Pío los ha revuelto provocando en sus vidas cambios evidentes. No haría falta decir esto: en una época en la que se multiplican los proyectos y programas pastorales - con resultados no siempre satisfactorios - con la esperanza de estimular a los hombres a la búsqueda de Dios, el Padre Pío es cada día más buscado y precisamente por aquellos que, por mucho tiempo, no han querido oír hablar de Dios, y mucho menos de los sacerdotes y de sus asuntos.

Francisco Forgione, molisano, nacido en Pietrelcina, en el barrio del Castillo, el 25 de mayo de 1887, llevaba en el DNA el carácter fuerte y sincero, incluso rudo, de su gente: de aquella gente probada - sobre todo entonces - por los fríos del invierno y los calores del verano, acostumbrada a sufrir en silencio, a decir la verdad sin fijarse en quién está delante, a reconocer en la gente pobre la grandeza de un hijo de Dios. Aquel carácter, a veces áspero, que, con el tiempo, apareció también en el confesonario y que, trabajado por la gracia, le habría capacitado para llamar a cada cosa por su nombre, sin respetos humanos, y sin preocuparse por el grado de aceptación que iba a obtener. Carácter fuerte que heredó de sus padres, dotados también del don de la ocurrencia fácil y jocosa, expertos en narrar historias, y capaces de congregar en un instante a su alrededor un público curioso y atento: el padre, Grazio María, emigró a América (del Sur y del Norte) en busca de trabajo; María Josefa ("mamá Pepa") quedó sola y obligada a cargar sobre sus hombros el peso y la responsabilidad de la familia.

Francisco vistió el hábito capuchino en enero de 1903 - todavía joven, como era frecuente en aquel entonces, y desde aquel momento será para todos fray Pío de Pietrelcina -; hizo el noviciado en Morcone; comenzó después los estudios de filosofía y teología, con el deseo de recibir la ordenación sacerdotal; en enero de 1907 emitió la profesión solemne. En 1908, por motivos de salud, no tuvo más remedio que abandonar la vida conventual; continuó por su cuenta los estudios, y el 10 de agosto de 1910, fiesta de san Lorenzo (¿presagio del prolongado martirio que había de afrontar a lo largo de su vida?), fue ordenado sacerdote en la catedral de Benevento; siempre por motivos de salud, continuó viviendo con su familia hasta el año 1916, en contacto vivo con el mundo de su infancia y adolescencia, y en sintonía perfecta con la gente, a la que hablaba en el dialecto de su tierra.

El 17 de febrero de 1916 regresó definitivamente (ya lo había hecho por períodos breves durante los años de "exilio") a la vida conventual, destinado a la comunidad del convento de Santa Ana de Foggia. En estos años ya se había formado en torno a él una familia espiritual, cada vez más numerosa, a la que atendía por medio de diálogos, exhortaciones y, sobre todo, de una muy densa comunicación epistolar, interrumpida unos años después para cumplir las decisiones de la Autoridad eclesiástica. En septiembre de 1916 se trasladó "temporalmente" a San Giovanni Rotondo, para respirar un poco el aire de montaña, beneficioso para su salud; pero la Providencia tenía planes distintos y San Giovanni Rotondo se convirtió en "su" convento, donde permaneció ininterrumpidamente hasta su muerte, durante cincuenta y dos años, si excluimos el período del servicio militar y otros breves intervalos de tiempo.

El 20 de septiembre de 1918 recibió los estigmas, que llevó en su cuerpo hasta la muerte. Él mismo, un mes más tarde (el 22 de octubre), en carta a su director espiritual, Benedicto de San Marco in Lamis, contó aquel suceso extraordinario: "Estaba en el coro, después de la celebración de la santa misa, cuando me sentí invadido por un reposo semejante a un dulce sueño. Todos los sentidos, internos y externos, y las mismas facultades del alma se encontraron en una quietud indescriptible. [...] Y mientras acaecía todo esto, me vi delante de un misterioso Personaje". Cuando éste se retiró, el Padre Pío se dio cuenta de que sus manos, los pies y el costado "estaban atravesados y manaban sangre". El Personaje que se le había aparecido era el mismo que, mes y medio antes, el 5 de agosto, le había producido la transverberación, es decir la herida en el costado.

Fenómenos extraordinarios que, sin duda, aumentaron la fama del Padre Pío, pero que le trajeron un sin fin de problemas: entre los años 1922 y 1923 fue objeto de las primeras providencias del Santo Oficio, que declaraba no constar la "sobrenaturalidad de los hechos", y que obligaba al religioso a no celebrar la misa en público y a no responder - ni personalmente ni por medio de otros - a las cartas que le llegaban. En el año 1931 se le privó de la facultad de ejercer cualquier ministerio (se le permitía sólo celebrar la misa en privado). Sólo en 1933 se le permitió celebrar de nuevo la misa en público y, al año siguiente, se le restituyó la facultad de confesar. En 1960, una nueva visita apostólica impuso al Padre Pío nuevas restricciones, pero, en 1964, el cardenal Ottaviani comunicaba que podía de nuevo ejercer libremente su ministerio.

En 1947, cuando estaban abiertas todavía las heridas de la guerra, comenzaban los trabajos para la construcción de la "Casa Alivio del Sufrimiento", inaugurada el 5 de mayo de 1956 en presencia del cardenal Santiago Lercaro (Pío XII, el 18 de mayo de 1956, la llamaba "uno de los hospitales mejor dotados de Italia") y, al mismo tiempo, al arrimo espiritual de la "Casa Alivio del Sufrimiento" nacían los "Grupos de oración", presentes hoy en todo el mundo. "Sin la oración - decía el Padre Pío - nuestra "Casa Alivio del Sufrimiento" es un poco como una planta a la que se le priva del aire y del sol". La fama de este fraile austero, a veces poco complaciente con sus visitantes, sobre todo cuando no descubría en ellos las disposiciones necesarias para un verdadero camino de conversión, crecía cada vez más: grandes multitudes (peregrinos anónimos, personajes del espectáculo, hombres de cultura...) llegaban hasta San Giovanni Rotondo después de recorrer esperanzados aquel camino - hoy desaparecido - que durante siglos había sido poco más que una semidesierta senda de mulos.

Cuando el 23 de septiembre de 1968, a las 2'30 de la mañana, el Padre Pío se encontró definitivamente con su Señor, creyentes y ateos se dijeron convencidos que había muerto un santo. No hubo que esperar mucho tiempo para iniciar el camino canónico para la declaración oficial de su santidad: el 4 de noviembre de 1969 comenzaba el proceso de la Causa de su beatificación; el 20 de marzo de 1983 se abría oficialmente la recogida de testimonios sobre la vida y virtudes del Siervo de Dios, y el 21 de enero de 1990 concluía la fase diocesana del proceso; en 1998 recibió el voto favorable el milagro del que fue la beneficiada María Consejo de Martino, de Salerno; el 21 de diciembre de 1998 Juan Pablo II publicaba el decreto sobre la veracidad del milagro y fijaba la fecha de la beatificación para el 2 de mayo de 1999; en aquel día cientos de miles de peregrinos llegaron a Roma para participar en la ceremonia, y millones y millones de personas, en todo el mundo, siguieron la celebración en directo por televisión, confirmando, una vez más, la enorme veneración de la que es objeto el Padre Pío, tanto en Italia como en el extranjero.

¿Qué decir, como resumen, de un hombre del que se han escrito más de 200 biografías, de un hombre que supera todos los índices de audiencia cada vez que la televisión le dedica un programa, que ha provocado la conversión de tantos hombres y mujeres del cine y del espectáculo? El cardenal Lercaro, poco después de la muerte del Padre Pío, dijo de él: "Callaré los hechos extraordinarios que tanto han influido para atraer sobre el humilde fraile del convento de San Giovanni Rotondo la atención del mundo: los estigmas, el perfume misterioso, los carismas de profecía y de conocimiento de los corazones...; ni los niego ni los afirmo, los dejo al discernimiento y al juicio de la Iglesia; y pienso con san Pablo que no son estos dones del Espíritu los que motivan la grandeza, porque, como todos los carismas, dones gratuitos que el único Señor distribuye como quiere, son dados para el bien del cuerpo místico, es decir de la comunidad eclesial, de la que Cristo es el Señor". El purpurado abría así, con tono humilde y sencillo pero lúcido, y con una observación plenamente franciscana, una conferencia sobre el Padre Pío, cuyos destinatarios eran los frailes, los miembros de los Grupos de oración y los admiradores y devotos del religioso desaparecido.

En el fondo, casi ocho siglos antes, Tomás de Celano, en su Vida de San Francisco, al excusarse de no haber insistido demasiado en los milagros obrados por el de Asís, ¿no había recalcado que éstos - los milagros - no hacen la santidad sino que más bien la manifiestan? ¿Y no lo habían dicho también León, Rufino y Ángel, compañeros de Francisco, en la carta que, en el año 1246, dirigieron al ministro general, Crescencio de Jesi, con la que acompañaban sus recuerdos sobre la vida y las gestas del santo fundador y padre? Ahora que la Iglesia ha reconocido oficialmente su santidad, en una jornada que fue realmente apoteósica, quisiera también yo - dejando en segundo lugar los hechos prodigiosos que han conquistado al Padre Pío una "clientela mundial" (Pablo VI) -, detenerme en algunos aspectos, quizás menos conocidos y menos subrayados, porque son precisamente ellos los que, a mi juicio, manifiestan la fuerza de este humilde hijo de Francisco, signo evidente del extraordinario florecer de la santidad, con la que, en todo tiempo, la familia seráfica, en la variedad de sus obediencias y de sus órdenes, enriquece a la Iglesia de Dios.

Ante todo, el Padre Pío fue el hombre del confesonario, que dedicó tantísimo tiempo a ese delicado ministerio, para el que estaba dotado de una excepcional capacidad de discernimiento; le bastaba una sencilla mirada para captar las verdaderas disposiciones del penitente y penetrar hasta el fondo de los pliegues del alma, intuyendo con frecuencia allí dramas ocultos, antiguas culpas cuidadosamente ocultadas, dudas atroces y profundos interrogantes. Realmente sabía leer en el corazón de cada uno y aplicar con decisión el bisturí a la llaga, como sólo saben hacerlo los hombres de Dios, los que actúan únicamente por la gloria de Dios y el bien de las almas. No hay duda de que no era hombre de fáciles descuentos, convencido como estaba (¿se le puede culpar por ello?) de que París no vale una misa.

Profundamente enamorado de Dios, fue un hombre libre, inmune al influjo del respeto humano, hasta el extremo de manifestarse a veces poco educado o incluso agresivo: no tenía contemplaciones con nadie, decía a todos lo que les tenía que decir; y, si debía hacerlo, atendía a la mujer más humilde aunque se le hubiese anunciado la visita de una princesa de sangre real que, como consecuencia, tenía que esperar pacientemente su turno. Esto es lo que sucedió el 12 de febrero de 1942, cuando la princesa María José llegó con toda reserva a San Giovanni Rotondo, acompañada de dos damas de su corte. El guardián comunicó al Padre Pío tan ilustre visita, pero él, entregado a las confesiones, continuó con tranquilidad su trabajo. En el fondo, ¿no había hecho lo mismo san Buenaventura de Bagnoregio cuando hizo esperar a los enviados del Papa que le traían el nombramiento de cardenal porque estaba ocupado - él, ministro general, en lavar los platos? Sin embargo, a pesar de este precedente tan ilustre, algún problema debió tener el Padre porque se sintió obligado a justificarse ante su superior de Foggia: "Pido humildemente perdón - escribía a los tres días de este suceso - si he hecho esperar a la princesa María José, porque antes que ella estaba una mujer del pueblo, una pobre campesina que viene a veces a confesarse conmigo. Tiene que encomendar el cuidado de sus hijos, de tierna edad, a una vecina, y su corazón está en vilo por estas criaturas inocentes que esperan minuto a minuto el regreso de su mamá. Es cierto que las dos son madres, que las dos tienen sus preocupaciones, pero no podía dejar a una madre para correr hacia la otra. Tanto más cuanto que las dos se han acercado al Señor, y el buen Jesús abre los brazos a todos, también a aquellos que esperan y saben esperar". ìExtraordinario el candor y admirable la libertad de los santos!

En fin, el Padre Pío amó por igual a Cristo y a la Esposa de Cristo, la Iglesia romana, a la que consideró siempre su madre, aun cuando le hizo sufrir amargamente, y pudo descubrir arrugas en su rostro. Cuando algunos de sus devotos - que han hecho más mal que bien a la persona del Padre Pío y a la causa del Reino -, movidos por un celo excesivo, habrían querido oponerse abiertamente a las decisiones de Roma, él reaccionó rápidamente, sin preocuparse siquiera de moderar la aspereza de su carácter: "Desde el silencio profundo de la celda - escribía el 2 de abril de 1932 al obispo de Manfredonia, mons. Andrés Cesarano - oigo, de un tiempo a esta parte, el eco de voces siniestras que giran en torno a mi pobre persona. Estoy muy disgustado por la conducta indigna de algunos falsos profetas, que además se dicen míos. He llegado a amenazarlos [...] para detener su falso entusiasmo y llamarlos al cumplimiento de cuanto había dispuesto el Santo Oficio". Hijo auténtico de Francisco de Asís, también él cultivaba "una fe grande en los sacerdotes que viven según la forma de la santa Iglesia Romana".

Es cierto, pues, que en la vida del Padre Pío se han repetido, una vez más, y de forma extraordinaria, las maravillas de los santos: personas que "no nacen por casualidad, ni vienen por equivocación, sino que son "signos" en el lugar y en la época en que viven, y "profecía" de Dios, es decir, sus jueces y sus instructores para nuestra vida y nuestro futuro. Son, por tanto, un "don" de la gracia: y con los dones de Dios no se juega. Hay que hacerse dignos de esos dones y acoger su valor y su significado para el tiempo que nos es dado vivir" (G. Chiaretti) ¿Seremos capaces de hacerlo?
Félix Accrocca

NOTA. Esta semblanza, escrita por el sacerdote profesor e investigador del franciscanismo, don Felice Acrocca, fue redactada cuando el Padre Pío era Beato, para la edición del libro en italiano el año 2000. El 16 de junio de 2002 el Beato Pío de Pietrelcina era declarado, en la Plaza de San Pedro, San Pío de Pietrelcina. Allí estábamos presentes. Nunca se había juntado en aquella Plaza una multitud tan ingente. Al final de la celebración, el Papa comunicaba que la memoria litúrgica de San Pío de Pietrelcina se celebraría el 23 de septiembre. La memoria del "Padre Pío" es memoria obligatoria para toda la Iglesia en el Missale Romanum.

Rufino María Grández

 


HIMNO

Oficio de lectura
(o común para otras horas)
Humilde Padre Pío,
clavado en Cruz con Cristo,
hermano que ama y ora
y ofrece el Sacrificio:
en ti glorificamos
los dones del Altísimo.

Tu corazón contempla
al Hijo compasivo,
y entregas absolviendo
la gracia del bautismo:
por ti decimos gracias
al Santo Jesucristo.

Amigo de dolientes,
que son tus preferidos,
tú buscas y tú encuentras
al Sufrimiento Alivio:
en ti reconocemos
al Médico divino.

La Madre de las Gracias
te guarda a su cobijo.
Y tú vas desgranando
sin pausa tus cariños:
en ti la Iglesia siente
la fe de los sencillos.

ìA Cristo Redentor,
que a amar al hombre vino,
al Padre que lo envía
y al Aura del principio
ascienda amor y gloria
por siglos infinitos! Amén.

 

 


LAUDES

"Un reclinatorio, un altar, un confesonario", ésta es la vida y carisma del Padre Pío (Alessandro da Ripabottoni).

Para cantar a Cristo Redentor en los Laudes matutinos por su siervo Pío de Pietrelcina, miramos esas manos que un día fueron llagadas ante el crucifijo, orando en el reclinatorio, después de haber celebrado la Eucaristía (20 septiembre 1918), y que se hicieron fuente de gracia absolviendo en el confesonario. Desde entonces las llagas que llevaba por dentro, le acompañaron toda la vida, 50 años, hasta la víspera de su muerte (23 septiembre 1968).

Todo arranca de la Cruz pascual, que ha hundido sus raíces en el fecundo huerto de la Iglesia. Esas llagas son la vida del Padre Pío. Él se sintió llamado a una "grandísima misión"; él, efigie de Jesús Crucificado, fue asociado a la obra redentora de Cristo. Por ello, en ti glorificamos al Amado, que a su misión de amor te abrió la puerta.

El Padre Pío, con su diestra alzada en sacramento, ha dejado fluir el río vivo de la gracia, acogiendo y perdonando. Recordamos a Jesús que vio a los ángeles celebrando fiesta ante el trono de Dios por un pecador que se convierte.

En la doxología nos atrevemos a llamar a Jesús Sangre de tu Padre, porque el amor infinito del Padre latía en la Sangre del Hijo. Glorificamos a Cristo Redentor, misericordia desbordada de Dios, que con sus llagas gloriosas de Pascua es la vida de la nueva creación.

 

 


La Cruz pascual ha hundido sus raíces
en el fecundo huerto de la Iglesia;
con sangre de Jesús está regado
y brotan rojas rosas y azucenas.
Las cinco heridas, fuentes del Espíritu,
nos dicen que Dios ama con sus venas;
metido en esas llagas alguien sufre
y en él se quedan dentro y fuera impresas.
Efigie de Jesús Crucificado,
herido padre Pío, don y ofrenda,
en ti glorificamos al Amado
que a su misión de amor te abrió la puerta.

 

 


Un río vivo fluye de tus manos
a quien, buscando a Cristo, a ti se acerca,
y por tu diestra alzada en sacramento
los ángeles de Dios celebran fiesta.

ìOh buen Jesús, oh Sangre de tu Padre,
en El la gratitud y gloria sea,
a ti, misericordia desbordada,
que en tus gloriosas llagas nos recreas! Amén.

 

 


VÍSPERAS

En la hora de la tarde brillan los misterios vespertinos: la Eucaristía y la muerte de Jesús. Contemplamos a Jesús muriendo: holocausto en obediencia. La cruz es el altar del mundo. Contemplamos al pecador - a mí - a quien se le abre el Paraíso, al alzarlo Jesús hasta su Cruz y hasta el triunfo de su resurrección.
En esta escena se anuncia ya el futuro.
Ésta es la imagen del Señor en la que debemos encuadrar al Padre Pío al iniciar las Vísperas.
Recordamos en este himno al Padre Pío como víctima de amor - así se había ofrecido al Señor - y recordamos aquellas expresiones suyas que lo definen en su misión de intercesor, unido a Jesús: "Puedo olvidarme de mí mismo, pero no de mis hijos espirituales. Incluso puedo asegurar que, cuando el Señor me llame, yo le diré: Señor, yo me quedo a la puerta del Paraíso; entraré cuando haya entrado mi último hijo".
La hora de la tarde nos está evocando el cielo, pero el cielo que ha alcanzado la cruz de Jesucristo.

 

 


El Hijo es holocausto de obediencia
sobre el altar del mundo,
y se abre el Paraíso al pecador,
alzado por tu Cruz hasta tu triunfo.
En esta tarde ungida por tu gracia
se anuncia ya el futuro,
oh Cristo, Sacerdote en el Calvario,
abrázanos a ti cual hijos tuyos.
Tu víctima de amor, tu siervo Pío,
oraba por los suyos;
y estar allí en la puerta te pedía,
en tanto que no viera entrar al último.

 

 


Jesús orante, oh toda bendición
y sacrificio augusto,
concédenos ser hostia y alabanza
y con san Pío estar contigo juntos.

ìDivina Trinidad de cielo y tierra,
presente en nuestro culto,
oh gloria y luz-misterio de la Iglesia,
en ti sea el amor y el gozo sumo! Amén.

 

 

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