San Bernardo de Corleone
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Santo
 

San Bernardo de Corleone
(1605-1667)

Felipe Latini (Bernardo) nació en Corleone (Sicilia) el 6 de febrero de 1605.
En 1624 hirió en un duelo a Vito Canino.
El 13 de diciembre de 1631 vistió el hábito capuchino en Caltaniseta.
El 13 de diciembre de 1632 emitió la profesión religiosa como hermano laico.
De 1652 a 1667 vivió en el convento de Palermo, donde murió el 12 de enero.
En 1673 se inició el proceso de canonización.
El 29 de abril de 1768 Clemente XIII lo declaró Beato, celebrándose la beatificación el 15 de mayo del mismo año.
El  el papa Juan Pablo II, aprobado el milagro para la canonización, le dio el título de Santo.

La Orden capuchina es como un jardín, que no es bello y hermoso si sólo contiene una especie de árboles, sino si tiene más. Del mismo modo la Orden cuenta con religiosos diferentes: uno insigne en la humildad, otro en la caridad, en la obediencia o en la penitencia. Pero no os debéis entristecer si no podéis entregaros a la austeridad de la vida como deseáis.

(San Bernardo de Corleone)


ORACIÓN Y PENITENCIA

En el imaginario común, difundido por una biografía titulada De la espada al cilicio, escrita por Dionisio de Gangi, ha permanecido la figura deformada de Bernardo de Corleone como la de un bribón pendenciero, siempre dispuesto a desenvainar la espada con arrogancia. Es más, alguien ha querido ver en este hombre, que vivió en el seiscientos italiano, juzgado injustamente como formalista, falso y sin alma, al famoso padre Cristóforo de la novela de Manzoni, defensor de los pobres y oprimidos. Pero Felipe Latini, como se llamaba antes de hacerse fraile, no era el espadachín Ludovico de Los novios.

Nacido el 6 de febrero de 1605 en Corleone, "animosa civitas" (ciudad pendenciera) e inquieta bajo la dominación española, Felipe tenía de esta ciudad siciliana, dulce y fuerte al mismo tiempo, el carácter generoso y recio, siempre dispuesto a ayudar y defender a los pobres. Su casa, según el decir de la gente, era "casa de santos", porque su padre, Leonardo, habilidoso zapatero y peletero, era misericordioso con los miserables hasta el punto de llevarlos a su casa para lavarlos, vestirlos y alimentarlos con exquisita caridad. Sus hermanos y hermanas también eran conocidos como personas especialmente virtuosas. Un terreno tan fértil no podía no fecundar positivamente la formación religiosa y moral del joven Felipe, que muy pronto empezó a dar muestras de una gran devoción al Crucifijo y a la Virgen, así como de una gran asiduidad a la oración y a la práctica de los sacramentos en las iglesias de la ciudad. Pero donde más destacaba era dirigiendo el taller de zapatero, porque sabía tratar justamente a sus dependientes y no se avergonzaba de pedir limosna "por la ciudad, en tiempo de invierno, para los pobres encarcelados".

Un solo defecto lo caracterizaba, según la deposición hecha por dos testigos durante el proceso de canonización: fácilmente se encendía y echaba la mano a la espada cuando de provocaciones se trataba, particularmente en defensa del prójimo: "Ningún defecto se le notaba, sino la excitación que experimentaba cuando empuñaba la espada al ser provocado". Esta "excitación" producía gran ansiedad en sus padres, sobre todo después de la herida que Felipe propinó en la mano a un arrogante provocador. El duelo con Vito Canino, un sicario pagado, tuvo lugar en 1624 bajo la atenta mirada de mucha gente, cuando Felipe tenía 19 años, produciendo un impacto muy fuerte. El sicario perdió un brazo y Felipe, considerado el "primer espada de Sicilia", sufrió una profunda sacudida interior, pidiendo pronto perdón al herido, del que se hizo amigo. En medio de esta crisis maduró su vocación religiosa, alcanzando la paz interior a los 27 años de edad, el 13 de diciembre de 1631, cuando vistió el hábito capuchino en el noviciado de Caltaniseta, eligiendo a los frailes más insertos entre las clases populares, y adoptando el nombre de fray Bernardo.

Su vida como capuchino fue una ascensión continua por la vía de las virtudes. Vivió en los distintos conventos de la provincia, siendo difícil delinear un cuadro cronológico exacto: Bisacquino, Bivona, Castelvetrano, Burgio, Partinico, Agrigento, Chiusa, Caltabellotta, Polizzi, y quizá también Salemi y Monreale. Es seguro que transcurrió los últimos quince años de su vida en Palermo, donde encontró a la hermana muerte el 12 de enero de 1667. Parece también que poco tiempo después de la profesión habitó en Castronovo y que algunos años antes de su destino definitivo al convento de Palermo habría trabajado en Corleone. Nunca se le vio desempeñar la actividad de portero, ni tampoco la de hermano limosnero. Su trabajo casi exclusivo fue el de cocinero o ayudante de cocina. Pero él sabía añadir a esto el cuidado de los enfermos y una cantidad de trabajos suplementarios nada despreciable para hacerse útil a todos, por ejemplo, lavando la ropa de los hermanos sobrecargados de trabajo y de los sacerdotes. Así se convirtió en el lavandero de casi todos sus hermanos de comunidad. Con todo, una simplicidad de vida tan llamativa y concluyente, en el marco humilde y escondido de los pobres conventos capuchinos, no impidió que su figura llegara a ser conocida. El perfume de sus virtudes traspasó pronto los muros del convento. Un mosaico de hechos y dichos, perfumado de actos heroicos y de increíbles penitencias y mortificaciones, forman la trama objetiva y relevante de su fisionomía espiritual.

Los testimonios del proceso refieren con profusión de detalles su tenor de vida y forman una historia espléndida, llena de trazos que completan el dibujo de su personalidad, dulce y fuerte como su patria: "Siempre nos exhortaba a amar a Dios y a hacer penitencia por nuestros pecados". "Siempre estaba concentrado en la oración... Cuando iba a la iglesia, banqueteaba alegremente en la oración y unión divina". Entonces el tiempo desaparecía y frecuentemente permanecía abstraído y extático. Después del rezo de maitines, a media noche, fray Bernardo se quedaba en la iglesia, porque, como él explicaba, "no estaba bien dejar al Santísimo solo; él lo acompañaba hasta que vinieran otros hermanos". Cuando era cocinero o desempeñaba otros servicios, también encontraba tiempo para ayudar al sacristán, para de ese modo estar lo más cerca posible del sagrario. En contra de la costumbre del tiempo solía comulgar cada día. Por este motivo los superiores, en los últimos años de su vida, ya maltrecho por las continuas penitencias, le confiaron sólo el servicio del altar.

Fray Bernardo fue un genuino capuchino, nostálgico de los orígenes, atraído y fascinado por la experiencia "de la vida eremítica". Se podría decir que vivía casi zambullido en el clima de los primeros capuchinos. Se le veía con frecuencia "ir al bosque hacia la capilla de la Virgen, a hacer oración". Su amor a la Virgen se expresaba de mil formas. En la cocina adornaba un altarcillo (costumbre difundida entre los hermanos cocineros capuchinos), dedicado normalmente a la Virgen; encontrando en esto, en los espacios de tiempo que le permitía su oficio, el gozo de una oración íntima. Ese altar lo embellecía "con flores y hierbas olorosas no sólo en las festividades de la Virgen, sino también los sábados, como si hubiera querido recrear con aquellos olores a su santísima Madre". Su devoción mariana iba acompañada de un gozo exultante, lleno de calor, fantasía y sentido de fiesta. Una vez, estando en su celda recitando las letanías marianas, a la invocación "Santa María", "movía los pómulos con la boca -refiere un testigo- como signo de solemnidad", es decir, imitaba el sonido de los juegos pirotécnicos. Los frailes, que le oían, reían divertidos y decían: "Fray Bernardo hace como los pajarillos".

En cualquier lugar en el que se encontrase, en la iglesia, en el coro o en el refectorio, apenas oía pronunciar o cantar las palabras del Gloria Patri se postraba en tierra y besaba el suelo con profundo respeto. Enamorado de la Pasión de Cristo, consideraba precioso un pequeño crucifijo pintado en una simple cruz de madera. Este era el libro que había aprendido a leer después que interrumpió el proyecto de aprender a leer (era analfabeto) bajo la guía de fray Benito de Cammarata, cuando el Señor mismo, apareciéndosele, le dijo: "Bernardo, no busques lo que contienen los libros, porque mis llagas te bastan. En ellas encontrarás una doctrina mucho más eficaz que aquella que te podrían comunicar todos los otros libros".

Los conventos que tenían un "bonito Crucifijo" eran sus preferidos. Sobre ese punto los testimonios son unánimes: "Estaba contento de familia en los lugares donde en la iglesia había una imagen del Santísimo Crucifijo". Él mismo decía a los frailes: "Cuando en el convento tengáis un Crucifijo devoto y bello, no deseéis nada más". También aconsejaba a los hermanos que recitaran el Oficio de las cinco llagas de Cristo, compuesto por san Buenaventura. Su corazón, entregado asiduamente a la meditación de los misterios de la Pasión, le hacía experimentar que "la Pasión del Señor (son sus palabras) es un mar que no tiene fondo, porque contiene una gran multitud de misterios que incitan al alma al amor de Dios".

Pero lo que impresiona al lector moderno es su extraordinaria penitencia. Se puede decir que para él todo el año era una continua cuaresma. Sólo comía cortezas de pan ennegrecidas o las sobras de pan duro, untadas en agua amarga de hierbas; siempre de rodillas, detrás de la puerta del refectorio, en una escudilla oxidada y con un trapo viejo como servilleta. Esto lo hacía incluso en presencia de huéspedes ilustres; y, cuando algún superior le mandaba sentarse a la mesa con todos para participar de la comida, él obedecía, pero era como si comiera veneno, porque después se sentía mal y con fiebre. Pero también en esto el Señor le consolaba. Un día se le apareció, y tomando un trozo de aquel pan duro, lo untó en la sangre de su costado y se lo dio a la boca diciendo: "Hijo mío, persevera hasta el final en la vida de abstinencia".

De tal austeridad florecía, perfumada, la castidad. Él solía decir que "los dolores pasan rápidamente, mas la pureza del corazón y las virtudes religiosas son los verdaderos adornos del alma".

No es necesario describir sus despiadadas penitencias, pero una cosa es cierta, que él, llevando una vida tan "inhumana", demostraba tal delicadeza y dulzura en el trato con los demás, así como un gozo y una plenitud de vida que impresionaban a todos. Jamás se le vio "airado con alguno, o lamentarse de alguien, o murmurar del prójimo", ni hablar mal de nadie, es más, "no encontraba nunca defectos en las otras personas". A los frailes huéspedes los alegraba con sus gracias, les lavaba los pies y les servía en sus necesidades, repitiendo siempre el mismo estribillo lleno de júbilo, "Por amor de Dios, Por amor de Dios". De todos eran conocidas, además, sus grandes dotes para consolar a los atribulados. Para los pobres siempre estaba disponible, pero si alguno se acercaba para observarlo, aunque fuera persona de importancia, se escondía haciéndose imposible de encontrar. Al portero, en cambio, le decía que "cuando fueran los pobres los que lo requirieran, le llamara de inmediato". En Castronovo iba "con una olla cargada sobre la espalda", por las calles del pueblo, "dando la sopa a los pobres".

Con los enfermos tenía un corazón maternal, su compasión era inagotable; asistirles y servirles le hacía feliz. Cuando en el convento de Bivona toda la comunidad cayó enferma con una epidemia, él multiplicó su caridad día y noche. Sin embargo, con las fuerzas acabadas, tuvo que ceder al mal, suponiendo esto una gran contrariedad para el padre superior, que se veía privado de su enfermero inigualable. El médico no le dio ni un día de vida. Entonces fray Bernardo se arrastró de forma escondida hasta la iglesia, cogió del sagrario una estatuilla ornamental de san Francisco, se la metió en la manga, y desafió al santo diciéndole: "Seráfico padre, os advierto que no saldréis de mi manga hasta que no me hayáis curado". Al día siguiente se encontraba completamente sano. El médico, que había ido al convento para constatar su muerte, se quedó atónito, y quiso conocer la medicina milagrosa que se había usado. Fray Bernardo sacó de la manga la estatuilla y con visible complacencia añadió: "Aquí está quien me ha curado".

En otra ocasión, en el convento de Castronovo, sabiendo que el padre Guardián estaba enfermo, decidió, porque era cocinero y enfermero, prepararle un plato más sustancioso. Encontrándose por las calles del pueblo, pidió a una señora bienhechora del convento una gallina para hacer un caldo más sabroso. Una vez llegado a la cocina del convento con la gallina pelada y limpia, mientras la estaba metiendo en el agua hirviendo, llegó el padre Guardián, se dio cuenta de lo sucedido, le reprendió por ello y le mandó restituir la gallina inmediatamente. Fray Bernardo, en silencio, la envolvió y, escondiéndola debajo del manto, se la devolvió a la bienhechora con breves y humildes explicaciones. Pero mientras la devolvía, la gallina recobró la vida, revoloteó piando por la sala y encontrando abierta la puerta del gallinero se reunió con las demás gallinas volviendo a ocupar el hueco donde acostumbraba poner los huevos. Fray Bernardo, confundido, desapareció, mientras las mujeres presentes gritaban por el milagro. El eco de los sucedido fue tan grande que mucha gente iba a ver la gallina resucitada, bautizada desde entonces por su dueña con el nombre de "Bernarda".

La solidaridad con sus hermanos se ensanchaba hasta adquirir una dimensión social. En Palermo, con ocasión de calamidades naturales como terremotos y huracanes, se hizo mediador delante del sagrario, luchando como Moisés: "ìDespacio, Señor, despacio! ìTened misericordia! ìSeñor, quiero esta gracia, la quiero!". El azote cesó y la catástrofe disminuyó.

Su compasión para con todo tipo de sufrimientos abrazaba también a los animales. Donde encontraba un animal herido o enfermo, particularmente si se trataba de mulos, caballos, vacas y asnos, que eran garantía de trabajo para la gente pobre, él se prestaba para curarlos y resanarlos. Y esto de tal modo, que algunos días había tantos animales en la plazoleta del convento que parecía un mercado de ganado o un ambulatorio prodigioso. Él solía recitar un Padrenuestro, o también cogía los animales por la cabeza o por los cuernos y les hacía dar tres vueltas en torno a la gran cruz delante del convento de Palermo invocando el Nombre de Jesús. Después cada uno se hacía cargo de sus propios animales perfectamente restablecidos.

Una vez, sin embargo, el portero perdió la paciencia y protestó contra él diciéndole que, en fin de cuentas, su oficio no lo hacía en favor de las bestias, sino de las personas. Fray Bernardo, pidiendo perdón, le respondió: "Mi querido portero, sabed que estas pobres criaturas de Dios no tienen ni médico ni medicinas a su disposición; y porque son incapaces de manifestar su necesidad, conviene tener compasión de ellas y soportar un poco más de fatiga para aliviarlas en sus sufrimientos".

Sembrador de milagros, fue muy combatido y turbado por el demonio desde el noviciado; pero él siempre venció con las armas de su humildad, penitencia y con su crucifijo de madera. En el lecho de muerte se le notaba impaciente por remontar el vuelo hacia la patria celeste. Recibida la última bendición, repitió con gozo: "Vamos, vamos", y expiró. Eran las 14 horas del miércoles 12 de enero de 1667. Un fraile íntimo suyo, fray Antonino de Partanna, lo vio en espíritu todo luminoso repitiendo con gozo inefable: "ìParaíso! ìParaíso! ìParaíso! ìBenditas las disciplinas! ìBenditas las vigilias! ìBenditas las penitencias! ìBenditas las negaciones de la voluntad! ìBenditos los actos de obediencia! ìBenditos los ayunos! ìBendito el ejercicio de todas las perfecciones religiosas!".


HIMNO

Bernardo y Corleone son dos nombres
unidos en amor y penitencia:
pasión de amor hay en Sicilia
y amor al hombre y Dios Bernardo enseña.
El santo Crucifijo fue su libro,
el único saber sin otras letras:
saber de amor nacido en unas llagas,
que él gusta y dulcemente saborea.

No fue por la ciudad de limosnero,
tampoco su servicio fue la puerta;
pero el amor traspasa la clausura,
y olor de buen perfume al pueblo llega.

La dura penitencia fue carisma,
templada en oración que nunca cesa;
María fue un secreto de ternura
y los enfermos fueron preferencia.

ìOh Cristo, maravilla de tus santos
reflejo vivo, luz que nos alegra:
a ti, el manantial de toda gracia,
a ti en la Trinidad la gloria sea! Amén.

 

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