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San Pío de Pietrelcina
San Serafín de Montegranario
Santo
 

San José de Leonisa
(1556-1612)

Eufranio Desideri nació en Leonisa (Rieti) el 8 de enero de 1556.
Vistió el hábito capuchino el 3 de enero de 1572 en las "Carcerelle" de Asís.
Emitió la profesión religiosa el 8 de enero de 1573.
El 24 de septiembre de 1580 fue ordenado sacerdote en Amelia.
Recibió el título de predicador el 21 de mayo de 1581.
El 1 de agosto de 1587 fue enviado como misionero a Constantinopla, donde sufrió el martirio del "gancho".
En el otoño del año 1589 volvió a Italia, a las "Carcerelle".
Hasta su muerte predicó por los pueblos y aldeas de los Abruzos y de Umbría.
El 4 de febrero de 1612 murió en Amatrice.
En 165 y 1628 se instruyó el proceso de canonización en Espoleto, Áscoli y Rieti.
El proceso apostólico tuvo lugar en Leonisa durante los años 1629-1633 y 1639-1641.
El 18 de octubre de 1639 el pueblo de Leonisa sustrajo secretamente el cuerpo venerado en Amatrice.
En 1669-1670 se llevó a cabo el reconocimiento de los procesos apostólicos.
El 22 de junio de 1737 fue beatificado por Clemente XII.
El 29 de junio de 1746 Benedicto XIV lo declaró Santo.
El 12 de enero de 1952 el papa Pío XII lo proclamó patrón de las Misiones de Turquía.

Oh cruz santísima, transfórmanos en ti a todos. Las raíces profundicen en los pies, las ramas en los brazos, la cima en la cabeza. Y con el fin de que nosotros seamos todos cruz, clava los pies para que estén fijos en ti, ata las manos para que no obren sino por ti, ábrenos el costado, hiérenos el pecho y tócanos el corazón con tu amor. Haz que tengamos sed de ti, como Cristo tuvo sed de nosotros en ti.

(San José de Leonisa)

EVANGELIZADOR DE LOS POBRES

José de Leonisa fue, como todos los santos, especialmente esquivo de sí mismo, pero en ciertas ocasiones, sobre todo al inicio y al final de su vida sacerdotal, reveló algunas motivaciones de fondo, en las que fundamentó toda su existencia y actividad. En efecto, poco antes de ser ordenado sacerdote, en 1580, escribió en Perusa de su puño y letra, en latín, una oración programática en la que se encuentra ya todo el futuro santo: el amor de Dios y del prójimo que le hace anhelar el martirio, la sumisión humilde a la santa madre Iglesia, la confianza filial en la Virgen María, y la devoción singular al ángel de la guarda, a los santos ángeles y al Seráfico Padre san Francisco. Treinta y dos años más tarde, poco antes de morir, escribió tres largas cartas para reafirmar su fidelidad a la enseñanza de la Iglesia, porque "sólo esta doctrina le garantizaba la seguridad de salvarse en la verdadera fe". En esta fe de la Iglesia él practicó y vivió con decisión la opción fundamental del Evangelio de Jesús: "Evangelizar a los pobres". Este es el trasfondo real e ideal en el que se coloca toda su biografía.

Nacido en Leonisa (Alta Sabina, Rieti), el 8 de enero de 1556, sus padres fueron Juan Desideri y Serafina Paolini. Eufranio (así se llamaba) se quedó huérfano a los 12 años, razón por la que un tío suyo lo encauzó hacia los estudios humanísticos, que realizó en Viterbo y posteriormente en Espoleto, donde maduró su vocación religiosa. Rechazando un prometedor matrimonio con una noble, se retiró furtivamente al pequeño convento capuchino de las "Carcerelle" de Asís, emitiendo, una vez concluido el año de noviciado, la profesión religiosa el 8 de enero de 1573. De nada sirvieron, contra su temperamento fuerte y voluntarioso, los intentos de sus padres de hacerle volver a casa. Iniciado en los estudios, manifestó un interés muy vivo por la cultura, en función de un apostolado serio e iluminado. Amó la doctrina de san Buenaventura, siguiendo la orientación capuchina, entonces predominante, que veía en ella una armoniosa síntesis entre la espiritualidad contemplativa y el dinamismo apostólico. Redactó, entre otras cosas, una obra titulada Monarquía, en la que era evidente la influencia de los opúsculos del Doctor Seráfico Itinerarium mentis in Deum y De reductione artium ad theologiam. Se preparó para el apostolado estudiando con seriedad la teología, sagrada Escritura y moral, atento a las exigencias provenientes de la restauración religiosa postridentina. Ordenado sacerdote en Amelia el 24 de septiembre de 1589, continuó su preparación para el ministerio presbiteral en el convento de Lugnano in Teverina.

Aunque se sintió fuertemente atraído por la soledad y la contemplación, superó el dilema acción-contemplación como san Francisco. En un apunte suyo dejó escrito: "Quien ama la vida contemplativa tiene la grave obligación de salir al mundo a predicar, sobre todo cuando las ideas del mundo son muy confusas y sobre la tierra abunda la iniquidad. Sería inicuo retener, en contra de la caridad, lo que sólo por caridad ha sido instituido y donado". Recibido el 21 de mayo de 1581 el título de predicador, firmado por el vicario general de la Orden, José se dedicó inmediatamente a evangelizar a los pobres por los pueblos y aldeas diseminados por los campos y montañas de Umbría, Lacio y los Abruzos. Podría haber llegado a ser un predicador famoso por sus cualidades de inteligencia y corazón, subiendo a los púlpitos de las ciudades, pero él prefirió predicar sólo en los pueblos pequeños. Siempre se consideró predicador de los campesinos, pastores, hombres de montaña y niños.

El arrojo y el tono de su predicación aparecieron claros desde el principio, como se encuentran ampliamente documentados en su proceso de canonización, que incluyó un episodio en el que se ve todo el carácter y la personalidad del padre José. En la región de los Apeninos, situada en el centro de Italia, hacía estragos el bandolerismo. Una cuadrilla de unos cincuenta bandidos asolaban el pueblo de Arquata del Tronto, no hallándose nadie que fuera capaz de doblegarlos, ni siquiera la fuerza pública. Al padre José, llegado a aquel lugar para pedir la limosna acostumbrada, le pidieron que pusiera remedio. Él los buscó en sus guaridas de las montañas cercanas, consiguiendo reunirlos en una pequeña iglesia, donde, con el crucifijo en mano, los convenció para que cambiaran de vida. Éstos se volvieron dóciles y arrepentidos, contándose después entre los más asiduos oyentes de sus predicaciones, cuando el santo volvió allí a predicar la cuaresma. El secreto de este éxito, si se une al carácter indómito del personaje, hay que atribuirlo sobre todo a su íntima unión con Dios, cultivada en su espíritu con una vida de oración incesante. Esto fue notado muy oportunamente en el proceso de canonización, donde podemos leer: "Con gran facilidad recogía las potencias de su alma dentro de sí para gozar con mayor gusto de Dios, y no sólo en el tiempo de la oración, sino en todos los tiempos. Mientras iba de viaje abrazaba su crucifijo y se introducía de tal forma en aquellas llagas que, según los misterios que contemplaba, cambiaba el color de su cara, siendo unas veces macilenta y de color ceniciento, y otras tan enrojecida y encarnada que parecía toda fuego y la cabeza humeante, como si tuviera en su interior un horno grandísimo de fuego. Esto le sucedía también en las distintas predicaciones que hacía".

En 1587 fue enviado como misionero a Constantinopla, donde asistió a los esclavos cristianos y a los apestados. Su celo le llevó a convertir incluso a un obispo griego, y le empujó también a encontrarse con el mismo sultán Murad III, con el fin de interceder en favor de sus asistidos; pero en esta ocasión, y en odio a la fe, fue capturado y condenado al tormento del gancho, colgado de una viga con un garfio puesto en los tendones de la mano derecha y otro en el pie derecho. De esta forma debía esperar, con dolores atroces, la muerte precedida de una lenta agonía. Pero, después de tres días, fue salvado milagrosamente (por un ángel o por intervención humana) y restablecido con prontitud, volvió, en la plenitud de sus 33 años, en 1589, a Italia, donde retomó su querida predicación itinerante a través de los montes y valles de los Abruzos y de Umbría, por aquellos lugares ásperos y viles "por donde no querían ir los demás". Los compañeros que le seguían eran probados duramente, y difícilmente resistían aquellas marchas forzadas en medio de las más adversas condiciones climáticas y con una falta absoluta de alimento. Él predicaba varias veces durante el día y en distintos pueblos, enseñando el catecismo a los pobres campesinos y a los niños.

Su predicación tenía un marcado cuño evangélico, que se acentuaba fuertemente cuando incidía en temas de justicia social. Él contemplaba a Jesús en los pobres, como lo hacía en el Crucifijo y en el Sagrario y por ellos sabía adaptarse y hacer de todo, incluso lo imposible, como por ejemplo fundar almacenes de grano con un puñado de trigo recogido por las casas; organizar Montes de Piedad y modestos hospicios para transeúntes y peregrinos, y pequeños hospitales para enfermos. Son muchas las veces en las que en el proceso de canonización se repiten testimonios de su amor maternal con esos pobrecillos miserables y andrajosos que él "dejaba como nuevos" con vestidos recogidos en la limosna, con calzado rudimentario inventado por su fantasía para protegerlos del frío, con una limpieza e higiene general, cortándoles el pelo, quitándoles los piojos, curando sus heridas, y dándoles el alimento necesario recibido como limosna. Otra dimensión de su amor se manifestaba en su ansia por la educación de los niños en la piedad: les hacía aprender de memoria las oraciones cristianas y el catecismo, siguiendo el espíritu del concilio de Trento.

Su caridad se extendía también a las cárceles, donde asistía a los condenados a muerte y buscaba siempre, incluso arriesgando su vida, que las familias rivales hicieran las paces y que desaparecieran las injusticias, opresiones y discordias. Con el Crucifijo en la mano, empuñado como una espada, no dudaba cuando tenía que afrontar y meterse en situaciones difíciles para conducir a la gente a la paz y al perdón. Afirma un testigo: "Donde notaba riñas y odios, allí acudía rápidamente con la esperanza de conducirlos a la vida eterna; nada contaban los tiempos, nieves, lugares impracticables. Por eso, muchas veces se le cayeron las uñas de los pies, como en Leonisa, Montereale y Amatrice". Conseguía este ardor del Sagrario, ante el que pasaba muchas horas, también nocturnas, en oración, y del Crucifijo, que llevaba siempre en su pecho. Amaba plantar grandes y pesadas cruces en las cimas de los montes, transportándolas sobre la espalda procesionalmente.

Después de una brevísima estancia en Leonisa, agotado por tantos trabajos y fatigas, desgastado por la penitencia y atormentado por una enfermedad incurable, pasó sus últimos días de vida en el convento de Amatrice, donde a los 56 años encontró la muerte el 4 de febrero (sábado) de 1612. El proceso informativo para su canonización se inició en Espoleto, siendo interrumpido en 1615 y retomado en 1628. Otros procesos informativos fueron promovidos en Áscoli y en Rieti. El proceso apostólico tuvo lugar en Leonisa durante los años 1629-1633 y 1639-1641. El reconocimiento de todos los procesos apostólicos se realizó en los años 1669-1670. Fueron examinados numerosos manuscritos, pequeños códices de escritura sutilísima, casi todos relacionados con la predicación. El papa Clemente XII lo beatificó el 22 de junio de 1737, siendo canonizado por Benedicto XIV el 29 de junio de 1746.

Su fiesta se celebra el 4 de febrero, siendo un santo muy popular y disputado entre las ciudades de Amatrice y Leonisa, de las que fue nombrado copatrono. Pero la población de Leonisa, con fecha 18 de octubre de 1639, aprovechándose del terremoto, perpetró el "sagrado hurto", con fulminante y furtiva incursión, robando el cuerpo que ahora se venera en el santuario que le fue dedicado en su ciudad. Diversas cofradías se formaron en su honor, con su nombre, en Otricoli, Amatrice y Leonisa, algunas de las cuales subsisten todavía hoy. Pío XII lo proclamó patrón de las Misiones de Turquía. Él es también patrón de segundo rango (minus principalis) de la provincia capuchina de los Abruzos junto con san Bernardino de Siena. Pablo VI lo proclamó patrón principal de Leonisa. Emblemas característicos de su iconografía son algunos instrumentos penitenciales, el martirio del gancho y el crucifijo en la mano. Una revista de ágil lectura, "Leonisa y su Santo", mantiene viva entre el pueblo la espiritualidad y la memoria del santo.


HIMNO

ìQué hermoso resplandece el crucifijo,
en un predicador arrebatado;
Jesús es la bandera del amor:
José de Leonisa lo alza en alto!

Jesús es el mensaje, el Evangelio,
su siervo mensajero es el heraldo:
él es la medicina, él es la fuerza,
él es la luz, el rostro contemplado.

Y fueron sus caminos hasta Oriente,
y en garfios de martirio fue colgado;
mas Cristo lo quería voz y seña,
y torna a Italia, sano y liberado.

Apóstol andariego de los pobres,
tu fe contemplativa es un regalo;
tu fe cristiana es Monte de piedad
para el hambriento y el necesitado.

José de Leonisa, fuego ardiente,
pasión de Dios que busca ser amado;
condúcenos por senda franciscana
de Paz y Bien perenne en nuestros labios.

ìHonor a Jesucristo, Misionero,
que vive y ama y reina y sigue hablando:
que el mundo entero rinda su homenaje,
en unidad divina, oh Todo Santo! Amén

 

 

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