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Articulos sobre espiritualidad franciscana
 
Articulos sobre Espiritualidad Franciscana
 

La persona de san Francisco de Asís 

Francisco de Asís, buscador que encuentra

Francisco de Asís, hombre de abrazos

Francisco de Asís, el hermano global  

Francisco de Asís, el poverello

Francisco de Asís, el crucificado de Alvernia

Francisco de Asís, hombre contemplativo

Humanismo Franciscano (Nuevo)

   
 

 La persona de san Francisco de Asís

¿Quién no sabe algo de este santo? De su conocimiento universal dan testimonio los nombres que la tradición franciscana y popular le han dado. Él es el Pobrecillo de Asís, el Serafín de Asís, el Hermano universal, el otro Cristo, el cantor de la naturaleza, incluso el Hermano global.

Y entre todos esos nombres, que describen su personalidad y carisma, hay dos rasgos que no se pueden olvidar: su vida está orientada a Cristo y a los hermanos. Para él todo tiene sentido o no lo tiene según esté inspirado por Cristo o dirigido a él.

Pero no fue siempre así. Porque él nació en el seno de una familia burguesa, en la que aprendió de su padre a confiar más en el dinero, en el poder y en el prestigio que en Dios. Era el año 1181/82 cuando, mientras su padre estaba ausente en uno de sus viajes de negocios a Francia, nació el niño que, por deseo de su padre y por la admiración de este a aquel país, se llamaría Francesco.

Cuando se dirigía al campo de batalla, bien protegido por su armadura de caballero, sintió el llamado de Dios a cambiar de rumbo y obedeció sin saber qué iba a hacer, exponiéndose a la burla de sus amigos y a la ira de su padre. Pero no había vuelta atrás. Forzado por la intolerancia de su padre, llegó a despojarse de todo y ponerse en las manos de su Padre celestial ante la vista atónita de quienes asistieron a aquel juicio ante el Obispo de Asís: “Desde ahora ya no llamara padre a Pedro Bernardone, sino que diré: Padre nuestro, que estás en el cielo…”.

Y es, a partir de ese día, cuando Francisco comienza un viaje de evangelizador itinerante, que caracterizará su vida, que le dará la alegría de proclamarse “heraldo del gran Rey” y la osadía de anhelar con toda su alma dar su vida por Cristo, para lo cual se dirigirá al norte África, predicando el evangelio a los musulmanes. Pero ese no era el plan de Dios. Su martirio sería otro. El experimentará ser crucificado con Cristo en vida durante dos años con los estigmas corporales, que Dios le concede el año 1224, mientras ora y ayuna la cuaresma de San Miguel Arcángel en el monte Alvernia.

Sin embargo, a pesar de sus pruebas y enfermedades, a pesar de vivir crucificado con Cristo no pierde la alegría y no deja de cantar las alabanzas de Dios. Admira las creaturas porque le recuerdan a Cristo. Bendice a Dios por el hermano sol, porque le recuerda a Cristo, “el sol de justicia”; aparta los gusanos del camino porque le recuerdan a Cristo, que en su pasión “parece un gusano y no hombre”; rescata a un corderito que va a ser sacrificado en el rastro, porque le recuerda a Cristo “el Cordero de Dios”. Cuando pide en el Padre nuestro “el pan nuestro de cada día”, pide a Dios “su amado Hijo, nuestro Señor Jesucristo”; cuando pide a Dios que “perdone nuestras deudas”, está pensando en “el valor de la pasión de su amado Hijo”. Y llora aun en público porque “el amor (Cristo) no es amado”. Entre sus amores consentidos están los “hermanos leprosos”, pues le recuerdan dramáticamente y de modo irresistible a Cristo en su Pasión.

Y como broche de oro, recodamos una oración preferida suya: “Señor, que yo muera por amor de tu amor, ya que Tú te dignaste morir por amor de mi amor”.

Fr. Jesús Ma. Bezunartea, OFMCap.

   
 

 Francisco de Asís, buscador que encuentra

Siempre se ha dicho que la vida es una búsqueda. Quizá hoy más que nunca. Si entras a cualquier buscador de Internet, a Google por ejemplo, y pones el término “buscador” te encontrarás con que hay ¡más de cuatro millones de entradas! Los antiguos decían que la persona era una “inteligencia deseosa que busca” (Aristóteles). Lo que ocurre es que nosotros queremos buscar con herramientas mecánicas, cuando, en realidad, las búsquedas más importantes de la vida se dan en la medida en que uno mismo es el buscador/a.

El hermano Francisco de Asís puede ser definido como un incansable buscador. Nunca vivió como ya quien ha llegado a la meta sino como quien está en camino. Sus años juveniles, antes de abrazar el camino del Evangelio, estuvieron señalados por una profunda búsqueda. Cuando el Evangelio, Jesús, llamó a su puerta, aquella búsqueda inicial le costó nada menos que tres largos años de su juventud. Buscó por el camino de la gloria, de las hazañas bélicas: participó en una guerra contra Perusa que le condujo a la prisión y casi a la muerte; también militó breve tiempo a las órdenes del Conde Gentile de Asís. Esta búsqueda terminó con un fracaso. Buscó por el camino de la limosna, del socorro al pobre: dio limosnas cuantiosas a los necesitados, vendió telas de su padre en el mercado para socorrer a los sacerdotes rurales pobres. Pero logró entender que la cosa no estaba tanto en dar cuanto en darse. También intentó buscar por la senda del silencio, de la soledad: se retiró a una cueva de la montaña hasta que comprendió que aquello tenía más de fuga que de encuentro. Incluso intentó buscar por el trabajo de reconstruir pequeñas ermitas abandonadas. Fue una larga época de búsquedas bienintencionadas pero de fuerte componente personalista. Con el tiempo comprendería que más que buscar a Dios, lo que hacía falta era dejarse encontrar por él. Por eso, cuando comprendió que tenía “otro Padre” se le abrió un horizonte inabarcable: era un buscador que había sido encontrado por el Amor que acompañaba su existencia.

Un frío día de finales de febrero, en plena situación de búsqueda personal, escuchó en la misa el evangelio de la misión en que Jesús envía a sus seguidores en despojo y confianza, sin apoyos, sin grandes medios, creyendo en el amparo del Padre. Se produjo una explosión en el interior de Francisco, una luz estalló en sus entrañas y lo vio claro: “Esto es lo que yo quiero, esto es lo que yo busco, esto es lo que en lo más íntimo del corazón anhelo poner en práctica”. Fue una luz cegadora, maravillosa, cautivadora. Nunca dejó de alumbrar esa luz en el fondo de su corazón. Aun en los momentos de más oscuridad, que los hubo, aquella luz primera permaneció encendida. Incluso contagió el brillo de ese descubrimiento a otras personas que vivieron búsquedas similares y albergaron anhelos parecidos.

Jamás se cansó de buscar el corazón del hermano. Y aunque hubo días de luz y de gloria, ese camino en búsqueda de la fraternidad estuvo trufado de dificultades. Porque el suyo era un corazón limpio y claro, pero tuvo que aprender que el corazón de la persona se rodea, a veces, de vallas insalvables y de obstáculos insuperables. Tuvo que aprender a buscar con amor, sosiego, paciencia y cuidado el pobre, el arcaico corazón, que se quiebra y llora sin saber por qué, que sufre sin necesidad y que se queja sin motivos conocidos. Buscó por el camino del corazón y encontró al hermano. Nunca se apartaría de esa senda. Nunca pudo más en él la tentación del abandono, aunque sus hermanos fueran, en ocasiones, duros con él. Fue de los que creyó, como luego diría uno de nuestros poetas, que lo importante no es llegar sólo y triunfante sino todos y a la vez.

Amigo/a franciscano/a: en tu ordenador tendrás instalado cualquier buen buscador, el Google, el MSN, cualquier otro. Si hubiera un buscador llamado “Francisco de Asís” te sorprendería ver que todas las búsquedas terminaban en cosas como “Jesús”, “hermano”, “fraternidad”, “paz”, “creación nueva”, “familia universal”, “abrazo común”… Son los resultados de las mismas búsquedas que hicieron Francisco y Clara y que te las ofrecen vigorosas y vivas. Instálate el buscador Francisco de Asís. Apúntate a su búsqueda. Seguro que encuentras lo que más anhelas.

Fr. Fidel Aizpúrua, OFMCap.

   
 

 Francisco de Asís, hombre de abrazos

En el “Libro de los abrazos” Eduardo Galeano dice que hay abrazos que se guardan toda la vida, abrazos inolvidables, sentidos y también de los otros, fríos, metálicos, abrazos que no debieron ser. Nunca olvidaremos el abrazo de una persona amiga, abrazo fuerte y contenido, un abrazo de despedida. Abrazos de pareja, de amistad, de despedidas, de reencuentros, de cariño, de protocolo. Abrazo cortos, largos, apretados, tímidos. Un abrazo es una forma de compartir alegrías, consuelo en el dolor. Un buen abrazo permite refugiamos en los brazos de otro, aunque en ocasiones sintamos el vacío de no poder completar un abrazo, de no poder terminarlo, de dejarlo inconcluso en la memoria. Otros abrazos, fingidos, te envuelven de engaño escondiendo cuchillos. ¿Quién no necesita en algún momento de su vida guarecerse entre unos brazos llenos de ternura? Un proverbio dice que necesitamos cuatro abrazos diarios para sobrevivir, ocho para mantenernos y doce para crecer.

Hay muchas formas de definir a Francisco de Asís. Los estudiosos han dicho cosas sublimes de él: que era el hombre de la gracia, del siglo futuro, el nuevo Jesucristo, la luminaria de la Edad Media, etc. Pero, de una forma más vital, Francisco podría definirse como el hombre de los abrazos, aquel que supo abrazar realmente a todos y a todo. Ya desde el comienzo, los hermanos fueron para él como un don de Jesús y los abrazó con toda calidez, con todo cuidado. Alguno de sus amigos le daba el calificativo de “madre” en vez de padre. Fue el regazo cálido de una madre para quienes buscaban la fraternidad. Pero no guardó sus abrazos para él solo.

El abrazo a la gente fue siempre sincero y amable, cuidadoso y delicado, respetuoso. No se cansaba Francisco de decir a sus hermanos: “Si vais a un lugar y no os reciben, marchaos a otros; sed benignos; lo vuestro es anunciar la paz”. Desde aquel memorable abrazo que Francisco había dado en sus años jóvenes a un leproso, había aprendido que las dolencias del alma son tan importantes como las del cuerpo. Y que aquellas solamente se curan a base de abrazos.

Tan potente era la fuente de la que brotaban aquellos abrazos que éstos se extendían no solamente a las personas, sino incluso a las cosas. El sol, la luna, la tierra, las plantas, los gusanos, las piedras, el fuego, eran de verdad “hermanas”. Francisco aprendió por intuición espiritual lo que nosotros hemos aprendido por la ciencia: que nuestros códigos genéticos son tan próximos que todos los elementos de la realidad muestran que somos de la misma familia y que, por lo tanto, el abrazo ha de extenderse a todas las cosas.

Nada de esto habría sido posible sin el gran abrazo, aquel que Jesús crucificado dio a Francisco, abrazo estrecho, gozoso y doloroso, con el que vivió toda su vida y que, al final, dejó incluso en su cuerpo su más queridas marcas. No habría podido resistir sin aquel abrazo de vida, no habría encontrado la senda cuando corría el riesgo de verse perdido, no habría dado de nuevo con el gozo cuando las lágrimas brotaban como una fuente, no habría escuchado la voz gozosa del Maestro cuando el silencio hondo y cruel parecía tragárselo todo. Él creyó, y acertó, que si se abrazaba al Crucificado su ideal estaba salvado y su vida nunca perdería sentido.

Hombre de abrazos, eso es lo que fue Francisco en su vida; eso enseñó a sus hermanos; eso es lo que dejó como mensaje y legado. Puede parecer una manera banal, superficial, de entender a Francisco, pero hay un hondo misterio en su vida abrazada y abrazante. Más aún, ¿no siguen siendo los abrazos un remedio para muchas de nuestras limitaciones? ¿No siguen siendo el vehículo de muchos gozos? ¿Cómo sería un mundo, una sociedad, una persona más abrazada, más querida? Pregunta y tarea. 

Fr. Fidel Aizpúrua, OFMCap

 

 

 

  Francisco de Asís, el hermano global

Más de una vez te habrá sorprendido el que una persona, en una sobremesa cualquiera, te haya dicho que, para él o ella, Francisco de Asís es, así suelen decirlo, después de Jesús, quien más le atrae. ¿A que se debe ese cariño mantenido a través de los años y siglos? No tiene explicación. Ya en tiempos del mismo Francisco sus propios compañeros le decían, entre asombrados y quizá un poco recelosos: “¿Por qué a ti, por qué a ti?”. En realidad, la pregunta tenía lo suyo porque Francisco no era más que el hijo de un comerciante próspero, no un noble famoso ni un eclesiástico de fama. Era uno de los “hombres del pueblo”, como se decía entonces, no de la clase alta. Y sin embargo, desde el comienzo le acompañó la admiración de la gente de su pueblo. Es difícil ser profeta en la propia tierra. Pues Francisco lo fue. Y desde el comienzo se le juntaron jóvenes que veían en él ese atractivo con el que los dioses adornan a algunas personas. No hay que extrañarse que, sin saber muy bien por qué, la figura de Francisco de Asís siga misteriosamente atrayendo a la gente. Te encontrarás signos de su presencia en todos los rincones del mundo: una imagencita suya en el aeropuerto de Sao Paulo, una frase atribuida a él en cualquier selva de África o de Latinoamérica, el cántico de la Criaturas de Miró en el museo herreriano de Valladolid, su “oración por la paz” en la ONU. ¿Por qué a ti?

Si hubiere que dar una respuesta a la pregunta anterior sería bastante sencillo: a Francisco se le sigue queriendo por su afirmación optimista de lo humano. O si se quiere, por el gusto por la vida como su mensaje más inmediato. Lo decía el hermano Roger de Taizé a los franciscanos: “Uds deberían ser apóstoles del gusto por la vida. ¿No se han dado cuenta de que el Canto de las Criaturas es realmente un formidable canto de amor a la vida?”. Habría que decir que la primera cualidad de una persona admiradora de Francisco es que ame la vida. Si no se está convencido de que la mejor manera de ser fiel a la vocación de Dios de vivir y dar vida es disfrutar de la vida, es muy difícil entender a Francisco de Asís. Él no lo tuvo fácil, porque la Edad Media era época de muchas oscuridades. Pero descubrió que una conversación agradable, una comida fraterna, una canción al atardecer, una oración compartida, un amistad cultivada, eran cauces para el gozo, para la alegría y la ternura. La atracción del franciscanismo, antes que nada, se debe a que encierra un amor profundo a esta vida, a esta casa, a esta historia, a las personas que vivimos en el mundo.

Pero si alguien quisiera ahondar más y preguntarse por el deseo mayor que anida en los pliegues del alma de Francisco, por el sueño mas acariciado, por el anhelo que le ha mantenido en pie en los momentos de más oscuridad, la respuesta sigue siendo clara: lo que Francisco busca y en lo que cree firmemente es en la posibilidad de llegar a la fraternidad universal, a que las personas vivamos simplemente como hermanos, a que quienes recorren desde hace cuatro millones de años este planeta puedan entenderse y vivirse como miembros de una sola familia. Las heridas que en tiempo de Francisco se hacían a lo humano no eran menos horribles que las nuestras de ahora. Quizá hemos aumentado el número de afectados, pero no la crueldad. A pesar de todo, él se mantuvo firme en su convicción: toda persona es mi hermana. Aplicó ese principio a sus hermanos queridos y cercanos, a su familia con la que no tuvo siempre buenas relaciones, a su ciudad que muchas veces no le entendió, a la Iglesia que acumulaba debilidad, a los herejes a los que fue con las manos desnudas y con el corazón abierto, incluso a los mismísimos sarracenos (considerados en la época como la encarnación del diablo) con los que habló y hasta dicen que llegó a hacer amistad. Más aún, pensó Francisco que se puede hacer fraternidad hasta con los animales y los seres inanimados. Por eso, para él, el sol es realmente hermano, y los animales también, e incluso el fuego que cauterizó sus ojos enfermos es un hermano al que Francisco se dirige con amabilidad y bondad. Francisco es, sin duda, el prototipo del hermano universal, global, como decimos ahora.

 

Fr. Fidel Aizpúrua, OFMCap

 

     Francisco de Asís, el poverello

Entre los nombres con que se conoce a san Francisco, decíamos en el primer tema de esta sección, uno de los más característicos es el del “Pobrecillo de Asís”. Dentro de su típica minoridad o deseo de ser el último y pasar desapercibido, le cuadra mejor el diminutivo “pobrecillo” que el de simplemente “pobre”. Diríamos que su espíritu de pobreza abarca los detalles aparentemente más pequeños. Y es que para Francisco los detalles son precisamente lo más llamativo y atractivo, son lo que hicieron a Francisco el santo de todos.

Y en la pobreza, su detalle es vivir “sin nada propio”, ya que su riqueza está en las manos de Dios su Padre, su riqueza es la providencia divina, que cuidará de él con la solicitud con que lo hace de los pájaros y de las flores, como Cristo lo había prometido.

Y el detalle de ese desapropio toca de modo especial el dinero. Francisco experimentó en carne propia el dicho de Jesús: “No pueden servir a Dios y al dinero”, cuando vio con sus ojos cómo el dinero había ahogado el corazón de su padre Pedro Bernardone, de tal forma que, por recobrar su dinero, era capaz de llevar a su hijo Francisco ante el tribunal. Cuando el tribunal civil se rehusó a procesar su denuncia, lo lleva ante el Obispo de Asís. Y ante él, Francisco se desprende de todo, incluso de su ropa interior, de forma que el Obispo le cubrirá con su capa y luego le dará unas ropas, quizá de las donadas para la beneficencia.

Por ello, el santo prohibirá a los hermanos recibir dinero por razón alguna; solamente para las necesidades de los hermanos enfermos y para vestir a los hermanos, permite que lo puedan hacer los bienhechores e intermediarios de los frailes. Por el trabajo que los hermanos realizan para otros, les permite recibir lo necesario para su alimentación u otras necesidades, pero no dinero, de tal manera que si no les dan eso necesario, les pide que vayan a pedir limosna “como los demás pobres”.

Francisco ha entendido el evangelio como Palabra de vida, y una de esas palabras que le ha llegado al alma es la de las bienaventuranzas: “Bienaventurados los pobres, pues de ellos es el Reino de los cielos”. Por ello, les dice a sus hermanos que, por el nombre del Señor, “no quieran tener nada más sino la altísima pobreza”, que es la “porción y herencia” recibida del Señor, que, si bien “los hace pobres en cosas temporales, los hace ricos en virtudes”. Para él es la “dama pobreza”, con la que se desposa, ya que tanto Jesucristo como su Madre santísima la tuvieron como compañera toda su vida, desde que Jesús nace en un pesebre y es envuelto en pobres pañales, hasta que muera desnudo en la cruz. Por esta razón la llama también la “reina” de las virtudes, pues ellos, el Rey del cielo y su madre santísima, la honraron de tal forma.

Para concluir, conviene poner de relieve que para Francisco la pobreza no es simplemente una virtud a practicar, ni siquiera en manera heroica; para él es una forma de vida. Por ello, Francisco no hace gestos de pobreza sino que es pobre. Como decía antes, él experimentó amargamente las consecuencias de la riqueza, simbolizada en el dinero, y por ello elige el modo de vida de su único Señor y maestro Jesucristo, que “se hizo pobre por nosotros en este mundo”.

Fr. Jesús Ma. Bezunartea, OFMCap.

   
   Francisco de Asís, el crucificado de Alvernia

“Que yo muera por amor de tu amor, ya que tú te dignaste morir por amor de mi amor”. Con estas palabras ha sintetizado la tradición franciscana la experiencia espiritual de san Francisco, que le llevaría a hacerse digno de una gracia tan especial como la de llevar en su cuerpo las marcas corporales de la Pasión de Cristo.

Con estas palabras también entendemos que Francisco, en su deseo ardiente de penitencia, que lo lleva a esta identificación física con Cristo, no es un fanático que se complace en simplemente castigar su cuerpo, sino que el móvil de esa “vida en penitencia”, que describe en la “Carta a los fieles”, es el amor. Así comienza, de hecho, esa carta: “Todos los que aman al Señor con todo el corazón, con toda el alma y la mente, con todas las fuerzas y aman a sus prójimos…”. La verdadera conversión y penitencia para Francisco está ante todo en el amor. Y en varias ocasiones lo escribe: “Amemos, pues, a Dios y adorémosle con corazón puro y mente pura, porque esto es lo que desea por encima de todo...” (1Cta.II, 19).

Precisamente, en referencia a este misterio y gracia de sus estigmas, leemos en la biografía de san Buenaventura, lo siguiente: “En efecto, en tal grado había prendido en él el incendio incontenible de amor hacia el buen Jesús hasta convertirse en una gran llamarada de fuego, que las aguas torrenciales no serían capaces de extinguir su caridad tan apasionada”. Y dice a continuación: “Elevándose, pues, a Dios a impulsos del ardor seráfico de sus deseos y transformado por su tierna compasión en Aquel que a causa de su extremada caridad, quiso ser crucificado, cierta mañana…” Y se narra a continuación la impresión de las llagas en el cuerpo del santo, para concluir el biógrafo: “Después que el verdadero amor de Cristo había transformado en su propia imagen a este amante suyo, bajó del monte el angélico varón Francisco llevando consigo la efigie del Crucificado” (Leyenda mayor, 13, 3.5).

Con este testimonio de alguien que admiró profundamente la vida y santidad de Francisco, como fue san Buenaventura, podemos entender que Francisco es, ante todo, el crucificado espiritual con Cristo y que en él se hace realidad la palabra misma de Cristo sobre el verdadero amor: “No hay amor más grande que dar la vida por el amigo” (Jn 15, 13) y aquellas de otro enamorado de Cristo, San Pablo, que escribe en una de sus cartas: “Estoy crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí” (Gál 2, 19-20).

Aunque Francisco vive en un tiempo en el que parece tener prioridad el dolor sobre el amor, la ascética sobre la mística; aunque Francisco nos haya dejado escritos que parecen darnos esa misma idea, como: “De lo único que podemos gloriarnos es de nuestras debilidades y de cargar cada día con la santa cruz de nuestro Señor Jesucristo” (Adm 5, 8), sin embargo el mensaje central del santo, como lo he intentado explicar, es el mensaje de la cruz gloriosa, en la que resplandece el amor y la vida. Así se manifiesta en la cruz de San Damián, conocida como la cruz franciscana, y en el Cántico de las criaturas, que Francisco dictó a uno de sus hermanos en los últimos años de su vida, al parecer cuando ya llevaba en su cuerpo los estigmas de la pasión. La biografía o Leyenda de Perusa nos dice: “Cuando arreciaban sus dolores, él mismo entonaba las alabanzas del Señor y hacía que las continuaran sus compañeros para que, abismado en la meditación de la alabanza del Señor, olvidara la violencia de sus dolores” (LP 83). 

Fr. Jesús Ma. Bezunartea, OFMCap.

   
   Francisco de Asís, hombre contemplativo

No podríamos quizá encontrar mejor expresión para describir la experiencia viva de contemplación de san Francisco que la conocida frase de Celano: "No era tanto un hombre orante cuanto un hombre hecho oración" (2 Cel 95).
Ante todo, nos conviene poner de relieve los misterios y fuentes que centran e inspiran la atención, la oración y la vida contemplativas de Francisco:

- Dios en toda su riqueza trinitaria.
- La Palabra de Dios, más concretamente en el Evangelio, que se convierte en su única "forma de vida".
- La Eucaristía: porque para Francisco es la forma de estar siempre con nosotros y de renovar cada día el misterio de su encarnación.
- María: es el modelo e inspiración de una vida evangélica en entrega total a Dios.
- La creación entera: esto es obvio en Francisco, el cantor de las maravillas de Dios en la naturaleza; primero y sobre todo en sus hermanos los seres humanos.

Para describir el itinerario contemplativo de Francisco voy a inspirarme en una fuente no muy recurrida de los escritos de Francisco para tratar este tema: el Capítulo XXII de la Regla no Bulada. El centro o eje de esta experiencia contemplativa sería según este texto: fijar en Dios nuestra mente y nuestro corazón para poder adorarlo espiritualmente con un corazón puro.

Los pasos de este itinerario son:
1. La paz interior por medio del amor y la reconciliación con los hermanos, inspirado el evangelio que nos pide amar incluso a los enemigos.
2. Reconocer nuestra condición de pecadores, que hace que nos veamos impuros ante Dios y nos empuja a vivir carnalmente.
3. Tener como única preocupación hacer la voluntad de Dios y agradarle en todo. Hacer una opción de por vida, como Jesús: la voluntad del Padre, porque queremos darle gusto a Dios.
4. Proteger nuestro interior, nuestro corazón, para que la Palabra de Dios, su llamado, su voluntad, su amor, puedan fructificar en nosotros hasta el ciento por uno como "buen terreno".
5. Centrar en Dios toda nuestra vida por medio de un corazón y mente puros, de manera que lo sirvamos, amemos, honremos y adoremos como lo único importante.
6. Hacer en el corazón y en la mente la morada del Señor, Padre, Hijo y Espíritu Santo, de forma que se dé esa comunión de vida, que garantice nuestra fidelidad y su presencia en nosotros.
7. Adorar al Padre con corazón puro. Esto es la meta de la contemplación: vivir en continua adoración de Dios ("orar de continuo"), pues, según la enseñanza de Jesús, Dios "busca quienes lo adoren en espíritu y en verdad". Y en esta adoración se incluye una vida de total conformidad con Dios, con la vida, con los acontecimientos, con las contrariedades, pues todo sucede bajo la mirada providente de Dios. 

Fr. Jesús Ma. Bezunartea, OFMCap

   
   Humanismo Franciscano

Mientras que el hombre, privado de la perspectiva de la fe, desequilibra todo lo que toca, el cristiano está llamado a tocar con la vara mágica de la fe toda la realidad y que vuelva a ser, como en un principio, todo bueno y para su bienestar.

Por estas razones podemos hablar de un humanismo idolátrico, que le da al ser humano el valor que no tiene, al querer hacerlo razón y meta de su propia existencia; pero también podemos hablar de un humanismo cristiano, santificado por la encarnación y el actuar de Cristo.

En este humanismo cristiano entra el franciscano como agente activo y comprometido que, como Francisco de Asís, alaba a Dios por todas la creaturas, igual por el “hermano viento” que por quienes “perdonan por tu amor”. Lejos de pensar que la creación pueda hacer el menor movimiento sin la providencia de Dios, el cristiano franciscano alaba a Dios por cada suspiro que sale de la boca de una madre, por cada lágrima que cae por las mejillas de un niño, por cada caricia que brota de la mano de un amigo, por cada consejo que sale de los labios de un padre, por cada trueno que estremece el firmamento igual que por la brisa suave de la tarde de verano.

El humanismo franciscano parte de aquella intuición misteriosa de Francisco, que hace que un día salte del caballo y se abrace con el leproso. Porque el humanismo franciscano, además de descubrir el valor interior de cada creatura, descubre en ellas las hermanas, con quienes compartir las emociones de una vida en familia; sea la fa familia cósmica con el hermano sol, la luna y las estrellas, o la familia humana con “los hermanos que el Señor le dio a Francisco” o los hermanos leprosos o “los que perdonan por su amor”; la familia de los animales, como el hermano lobo o la hermana alondra, el gusano que se arrastra por la tierra o la cigarra que canta incansable; la familia vegetal de las plantas, “con variedad de frutos y flores”, o la de otros elementos, como la hermana agua, el hermano sol, el hermano fuego, “el nublado y todo tiempo”, como Francisco los reconoce en su cántico de las creaturas.

Y tras este largo recorrido de su vida, descubriendo en las creaturas las huellas de Dios, santo, providente y benevolente, padre y maravilloso, llega al final de su vida, y de su corazón brota este suspiro y este interrogante, que él hace oración y adoración: “¿Quién sois vos y quién soy yo?”. Efectivamente, el humanismo de Francisco es, como lo explicará más tarde uno de sus más aprovechados discípulos e intérpretes – san Buenaventura-, “un itinerario de la mente a Dios”, una escala para subir hasta las más altas cumbres de la admiración y la alabanza. Y, por otra parte, el humanismo de Francisco tiene un punto de referencia en Cristo, que en las palabras de Clara “se hizo para nosotros Camino” y “cuyas huellas nos hemos comprometido a seguir”, nos dice el santo, porque compartió nuestra condición humana “hasta el extremo”, amando a todos y cada uno con el amor más profundo y real, sobre todo “a los más pequeños”, con quienes –dice- se siente identificado.

El humanismo franciscano es un ejercicio constante por descubrir en el ser humano y en todas las creaturas los vestigios de Dios, como reclamo que nos lleve a darle a Él todo honor y toda gloria, ya que él es “el bien, todo bien, sumo bien, el solo bueno, sin que cual no hay ningún bien”. El humanismo franciscano es el antídoto del humanismo secular de quienes quieren hacer del ser humano protagonista y víctima de su propia grandeza y pequeñez. 

Fr. Jesús Ma. Bezunartea, OFMCap

   
 

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